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sábado, 20 de mayo de 2023

Mi primera vez en Mestalla

No voy demasiado por Mestalla, eso que vaya por delante. Quienes me conocen saben de mi preferencia por el Levante. Una noche de radio escuché a José Ramón de la Morena, maestro de muchos de los que actualmente somos periodistas, decir que él no había escondido nunca que era del Atleti. Lo consideraba un ejercicio de objetividad. Adopté su decisión como mía en cuanto entré en la redacción de Las Provincias hace ya dos décadas: soy granota y me gusta el Barça como poso de una adolescencia admirando al equipo tejido por Johan Cruyff.

Estamos en una sociedad que no admite los grises. Por la regla de tres que acabo de plantear en el párrafo anterior, despejando 'X' el resultado de la ecuación debería proclamar: 'Moisés es antivalencianista'. Y no. Por mucho que picase durante varias semanas a mi amigo Pablo después del 7-0 del Karlsruhe. Por mucho que siga alimentando esa rivalidad con 'xotos' cercanos, se me ocurre por ejemplo mi compañero Álex Serrano.

Pero no. No soy anti valencianista y sí, también tengo mis días en Mestalla. Como casi cualquier periodista, a decir verdad, la mayoría han sido en jornadas laborales. Tuve la suerte de ir bastante en la etapa de Benítez. También después, en la época de Emery. Recuerdo especialmente un partido contra el Mallorca en el que Antonio Badillo, que entonces era jefe de deportes, me mandó a vivirlo junto al banquillo local para hacer una contracrónica. Pedí que me acreditaran para estar a pie de césped, pero me contestaron que esa ubicación era para fotógrafos. No me conformé con aquella respuesta y con la ayuda de un compañero gráfico conseguí un peto. Damià Vidagany, que por aquel entonces era el jefe de comunicación del club, me pilló, no recuerdo si casi al inicio o en el descanso, me dio dos toquecitos en la espalda y me dijo: "¡Al final te has colao!".

En los últimos años apenas he ido a Mestalla... a partidos. Porque sí recuerdo una entrevista, para el centenario del club, con el actual entrenador, Rubén Baraja. Llegó unos diez minutos tarde, en bicicleta, y nos sentamos en tribuna. Estuvo de lo más amable en aquella charla. También he tenido la suerte en llegar al césped en las dos o tres ediciones de la carrera popular que se celebró durante el Circuito de Valencia. Impresiona entrar al coliseo con las gradas vacías, no quiero ni pensar lo que supondrá jugar ahí con 45.000 personas gritando.

Pero sin ningún lugar a dudas, me quedo con mi primera vez. Me he acordado de ella al escuchar la bonita entrevista que este jueves le ha hecho Javi Lázaro en Radio Marca a Sergi Calvo, coordinador del libro 'Cent'. La obra, que nace con motivo del centenario de Mestalla, recoge una serie de relatos de gente valencianista, contando algún partido que les marcó. Entre esas personas está mi amiga Lourdes Martí. Y a mí me ha venido a la mente aquel domingo por la mañana en el que fui al coliseo de la avenida de Suecia por primera vez. Un cliente de mis padres nos regaló dos entradas para el filial, y fui acompañado de mi abuelo. Tendría diez o doce años. Creo que estábamos en sillas gol norte. Me impresionó el olor a césped y el continuo murmullo del público, así como el estallido de alegría ante el tanto local. Creo que aquel día decidí que me iba a gustar el fútbol.

domingo, 18 de diciembre de 2022

Paso olímpicamente (II): Kempes-Maradona-Messi

El 18 de diciembre de 2022 se ha consumido con la mirada dirigida a Qatar. Se acaba al fin este Mundial de fútbol atípico y extraño. Como era de prever, los ríos de tinta cargando contra la celebración del campeonato en un país donde no se respetan los derechos humanos están ahora secos. Ahora todos hablan de la soberbia final (para que negarlo) y de Messi. De Argentina, ese país que se mueve al ritmo del balón y que en menos de medio siglo ha disfrutado de tres astros a los que ha idolatrado y que les han correspondido con otros tantos Mundiales. Esta semana os voy a contar mi percepción de las tres grandes figuras que han hecho reinar a la Albiceleste.

Kempes (1978). Yo no había nacido pero de Mario Alberto Kempes siempre cuentan la anécdota de que, al día siguiente de conquistar el Mundial, desapareció. Se marchó a pescar y estuvo ilocalizable. Así de simple como es, a decir verdad, el Matador. No soy valencianista, ni mi familia ni yo. En casa he oído hablar de Kempes de pequeño, pero no con la admiración justa y necesaria que le profesa cualquier buen aficionado del club de Mestalla. 
Mi primera noción de lo que representaba Kempes fue cuando le vi hacer magia en su partido de homenaje. Eso fue antes de que empezase a colaborar con el periódico y me mandasen a entrevistarle para no se qué embolado. No he encontrado ese texto, pero sí tengo grabado en la mente de que quedamos en un bar, pro la zona de la Gran Vía de Fernando el Católico. El Matador y yo estuvimos en la barra tomando café y charlando. Como dos amigos, de cosas vanas. Cuando acabamos me desayunar me dijo: "Tendremos que hacer la entrevista, ¿no?". Me atendió con paciencia y amabilidad el tiempo que necesité. Como algunas otras veces más a lo largo de los años. Ahora me siento afortunado de haber disfrutado de la cercanía de un mito que no vive en esa burbuja donde sí están encerrados los futbolistas de estos tiempos. 

Maradona (1986): Me pilló demasiado niño para disfrutar de él en directo. Crecí admirando sus vídeos, primero cuando ocasionalmente los ponían en la tele, más tarde cuando me empezaron a llegar por los diferentes formatos de comunicación que hemos tenido en internet. He sido más consciente de la decadencia del Diego Armando Maradona que de la construcción del mito futbolístico. Lo lamento y mucho porque por un par de años no he podido disfrutarlo.
No tengo por tanto elementos de juicio para posicionarse sobre si es mejor Messi o Maradona. Quizás mejor así. ¿A quién quieres más, a mamá o a papá? Hay preguntas a las que nunca me ha gustado responder. ¿No será mejor haberlos disfrutado a ambos, quienes hayan tenido esa suerte? La lástima es que en Qatar no se haya podido dar la imagen de los tres mitos del fútbol argentino sosteniendo la Copa del Mundo de 2022.

Messi (2022). Cuando empecé a hacer crónicas de fútbol iba en ocasiones a Cracks. Antes de ser contratado por Las Provincias escribí también para Levante-EMV, Superdeporte y una agencia de Barcelona llamada Área 11 que servía crónicas a periódicos regionales. Tocaba cubrir juveniles de División de Honor y Cracks me pillaba cerca de casa. Allí jugó también un tiempo el filial del Levante. ¿Por qué digo esto? Porque entonces ya se hablaba de un chico bajito del Barcelona, argentino, que hacía maravillas con el balón. "Si es que intentas hacerle falta y cuando armas la pierna ya ha pasado", me dijo un día un jugador. Se refería a Messi.
A Messi lo hemos disfrutado todos los aficionados al deporte, incluso los que lo niegan por la camiseta que defendió durante la práctica totalidad de su carrera. Merece retirarse con este Mundial. Yo soy él y no me vuelvo a ceñir la Albiceleste para un partido oficial. No va a tener un mejor último baile. Voy a reconocer un pecado: desde el principio del Mundial iba con Argentina, pero dudé un poco tras el partido contra Holanda (me niego a llamarle Países Bajos). Me parece que los argentinos no estuvieron educados y me supieron especialmente mal las críticas inmerecidas hacia Mateu Lahoz. El árbitro valenciano es una buena persona y me consta que estuvo preocupado durante unos días por la trascendencia que había tenido su actuación y si eso iba a afectar a su familia. Messi sabe de sobra que sí da el nivel y por bastante. En Qatar hemos visto un Messi más canchero, canalla... una pose en la persecución de su último gran sueño. Ahora me alegro de que lo haya hecho realidad, pero entonces me decepcionó porque en la vida no puede valer todo. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Historias de L’Eliana (IV): El balón



Han sido estas unas vacaciones atípicas. Quizás por ello aquella tarde anduviese algo melancólico. Paseaba por L’Eliana sin rumbo fijo. Pensaba en mis objetivos para el nuevo curso y en uno que me vengo marcando sin demasiado éxito en los últimos años: reactivar ‘Con Vistas al Mandor’. Un objeto aparentemente abandonado en medio de una calle me inspiró. Pero como he dicho estas han sido unas vacaciones atípicas tras un año extraño, y no he conseguido sentarme a escribir hasta alejarme muchos kilómetros del Mandor.
Pero bueno, a lo que iba. Al ver aquel balón quieto, aparentemente olvidado, pensé en cómo ha cambiado el mundo. En mi niñez un balón no podía permanecer sobre el asfalto cinco segundos sin que un chaval lo patease. Ni siquiera en un penalti el lanzador podía garantizarse que no apareciese otro muchacho como una exhalación para ejecutarlo por sorpresa. Consumíamos los recreos y las tardes jugando a fútbol.
A veces sin balón. Recuerdo las pelotas que confeccionábamos a base de trozos de papel de aluminio. O las más elaboradas acabadas con fragmentos de materiales algo más blandos y recubiertas de un globo, que hasta botaban. Fueron un auténtico boom hasta que mi amigo Tonet apareció con el reglamentario de Italia 90. Por aquel entonces ya gobernábamos los partidos del comedor del colegio por nuestra condición de ‘mayores’, etiqueta que te capacitaba para confeccionar los equipos y decidir en las acciones polémicas. Nosotros, que habíamos sufrido antes a los ‘mayores’ de generaciones previas, disfrutamos de ese privilegio en 7º y 8º de EGB.
El balón de reglamento era un arma de poder. Hasta los más pequeños, si poseían uno, trataban de cuestionar la autoridad de los ‘mayores’ amenazando con llevárselo si no se accedía a sus condiciones. Se acostumbraba entrar entonces en una negociación amistosa (se le solían hacer al chaval promesas que luego sólo se cumplían en parte) u hostil (‘o jugamos o encalamos el balón’).
Años después, ya más mayor, me he ido muchas veces los sábados a las 15.30 recién comido para jugar una pachanga bajo un sol de justicia en pleno julio o agosto. Vamos, que no deberíamos rajar tan alegremente a Tebas por los horarios de este inicio de Liga. El poder seguía residiendo en el balón: su propietario marcaba con su llegada, por mucho que se retrasase, el momento del inicio del partido.
Por todos estos pensamientos me produjo cierto desasosiego observar ese preciado objeto de cuero abandonado en medio de una calle. Empecé a barruntar que su dueño quizás lo había dejado ahí tirado para practicar otro fútbol, el de mando y pantalla. Que si las nuevas generaciones cada vez pisan menos calle para apoltronarse en el sofá, que si nuestra niñez era más saludable…
Hasta que giré la cabeza ante un coro de risas infantiles. Allí estaban un grupo de chavales de unos diez años, de merendola celebrando el cumpleaños de uno de ellos. Entendí que habían parado el partido para engullir unos sándwiches de Nocilla (o quizás, hoy en día, Nutella) o jamón york bañados en Fanta naranja. Que en un rato los muchachos volverían a correr detrás de ese objeto redondo. Que el poder de convocatoria de un balón, se pongan como se pongan los fabricantes de videoconsolas, sigue intacto. Aún hay esperanza.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Fútbol sin barreras

Cuando no estaba emparejado, uno de mis planes preferidos era chutarme una sobre dosis de balompié. Sólo o en compañía de algún amigo igual de futbolero que yo, empezaba con el partido de Segunda para acabar con el de Primera. Por aquel entonces no se estiraba la jornada en busca de la máxima rentabilidad de la gallina de los huevos de oro: Jaume Roures aún estaba posicionando Mediapro en el mercado de la comunicación y apenas podía verse un encuentro de Primera en abierto y otro en Canal +. Pero nosotros aguábamos nuestro síndrome de abstinencia en videojuegos tipo Fifa o ProEvolution. Ahora no hace falta.
Lo constaté, una vez mas, ayer. Decía que cuando no estaba emparejado, solía fabricar tardes de empacho futbolístico. Ahora, si no es por trabajo, en aras de una apacible vida conyugal, suelo abstenerme de esos tardes tan... califíquela cada uno como quiera. Pero por un día, y eso da a la pareja la misma vitalidad que la poda a un árbol, cada uno tuvo sus planes. Y el mío incluyó un menú que empacharía casi a cualquiera: fútbol hasta en la sopa, como diría mi amigo Antonio Badillo.
Todo empezó con el partido del Valencia. Sí, porque puedes ir al cine, disfrutar de una película, pero al mismo tiempo estar pendiente del fútbol. Cosas que tienen los teléfonos de última generación. Disfrutamos de la última de Polanski, pero tuvimos un par de segundos para comentar con monosílabos, arqueos de cejas o codazos los goles de Jonas y Tino Costa.
Por la mañana habíamos urdido el plan. Dijimos de ir al cine por el centro para luego seguir los partidos tapeando en algún bar. Por razones de aparcamiento nos decidimos por Kinépolis. "Podríamos haber visto también el Rayo-Valencia", comenté mientras entrábamos a la sala. "Pues yo lo he pensado, pero como ya habíamos dicho de ver una peli", me respondió Pedro Campos, por cierto, mi compinche en el atracón futbolero. Al final, mereció la pena la dosis de celuloide.
Con un leve comentario sobre la película, nos acomodamos en el Bierwinkel para ver el derbi madrileño con toda incomodidad. Como concepto está bien: terraza de una cervecería con una televisión. Sí, pero precisamente 'terraza' encierra el primer horror en forma de frío, ese que notas pero obvias y que al cabo del rato de ha congelado los huesos para toda la noche... a pesar del café con leche del primer turno de consumiciones. Dentro de lo friki del plan en su global, esta hora y media consumió la parte más anómala y poco recomendable... y eso que vimos el partido, a pesar de las barreras.
Sí, barreras humanas. Porque ese es el segundo error u horror del concepto: la ubicación de la televisión, en la puerta de la cervecería. Entre la pantalla y la terraza hay un caudal de paso que, en un sábado por la tarde y teniendo en cuenta que estábamos en un centro de ocio, lógicamente se convirtió en una riada. Y claro está, durante el partido hubo que aguantar a niños lanzando aviones de papel y persiguiéndose (menos mal que eran bajitos) o a padres interesados en el fútbol y complejo de cristalero. Los buenos señores olvidaban su condición de cuerpos opacos y hacían pantalla delante de la que realmente nos interesaba a los clientes del bar... y lo hacían en el momento oportuno: en el penalti de Courtois o justo cuando Canal + Liga emitía los goles del Valencia en pleno descanso del derbi. La próxima vez, aunque cueste aparcar, me decanto por el bar y el tapeo por el centro.
Tanto es así que, ya encogidos por el frío y hastiados por las interferencias, antes de arrancar la segunda parte habíamos decidido ver el Getafe-Barça en casa de Pedro. Después de lo del Real Madrid-Atlético, hasta se agradecían los ladridos y correteos del hiperactivo Fermín. Porque al final, el plan futbolero incluye ver el partido con relativo confort. Está bien eso de ir a un bar pero, cuando se van incluyendo años, se ensalza hasta los altares el rollo sillón, pizza y cerveza o coca-cola. Sin los diablejos lanzando sus aviones de papel frente al televisor. Sin padres que creen ser transparentes. Fútbol sin barreras. Cómodamente, en casa o en la de algún colega. ¿Me estaré haciendo mayor?

sábado, 10 de julio de 2010

El Mundial de los pulpos y las tetas

Ya resulta complicado convencer a los ateos de esa religión denominada fútbol de que un partido merezca paralizar el mundo, y más con la que está cayendo. Parecía que no podíamos ir más lejos, pero Paul lo ha conseguido. El pulpo pitoniso ha logrado acaparar la atención de las televisiones y las radios de todo el mundo. Figura como lo más visto de cientos de webs de noticias y estará en la portada o en la contra de los principales diarios.
Las redes sociales, principalmente Facebook y Twitter se rinden al cefalópodo que triunfa como adivino. Tanto que le han salido competidores. Horas después de que hiciese público su pronóstico, Maradona, en este caso un pulpo afincado en Turquía también predijo que el Mundial de Sudáfrica coronará a la selección española. Por llevar la contraria, un periquito ha vaticinado el triunfo holandés.
Para seguir volviéndonos locos, unos empresarios, esos que cuantifican de forma minuciosa lo que ellos llaman el coste de oportunidad, han ofrecido 30.000 euros por Paul. Se trata de una asociación de Orense que quiere promocionar, con el héroe de la hinchada española como imagen, sus jornadas, adivinen, sobre el pulpo. Vamos, que si el animalico se equivoca en lo del domingo y ya ha viajado hasta Galicia, el lunes nos lo encontramos troceadito y recubierto de perejil en medio de una sartén.
Mérito no le falta al pulpito de marras (el Maradona con tentáculos y el pajarraco me parecen personajes secundarios, meros oportunistas), pues ha conseguido que nos olvidemos de las glándulas mamarias de la Riquelme. La modelo paraguaya, tras promocionarse en una impecable campaña de marketing durante los partidos de su selección, cumplió su promesa de quedarse como vino al mundo. Larissa encabezó las listas de lo más visto durante unas horas, hasta que Paul predijo con acierto que España se cargaba a Alemania en semifinales.
Lo del cefalópodo adivino no es cosa de un día. Larissa, una vez despelotada, ha perdido el interés salvo para quienes gozan de sus encantos cada noche después de hacer un doble click sobre una carpeta oculta. Bobbi Eden trató de sustituirla. La actriz porno holandesa, cuyas domingas ya están más que vistas, ha cautivado al personal con otros encantos de su fisionomía, una parte de su cuerpo que emplea para nutrirse y hablar... entre otras cosas.
La chica prometió un OJ, 'oral job'... vamos, una mamada, a todos sus seguidores de Twitter en el caso de que Holanda gane el Mundial. Menos mal que cuenta con la ayuda de otras tres porn stars para tan ardua tarea. A estas horas, Bobbi Eden tiene más de 96.000 seguidores, lo que supone que cada actriz sale a 24.000 felaciones. Me sé de cuatro que acaban con tendinitis de lengua y rotura de los ligamentos de la mandíbula.
Pero ni así han podido con Paul, cuyo sacrificio se limita a elegir entre dos ostras. Él ha decidido el destino. Considera que España gana el Mundial. El de Sudáfrica, el de los pulpos y el de las tetas. Con la crisis que está cayendo, nos preocupamos de unas cosas... y no me refiero al fútbol.

jueves, 8 de julio de 2010

El poder unificador del fútbol

Han tenido que pasar muchos años, siglos diría yo, para que este país, o estado, o como diablos queramos llamarlo, proclame al unísono su orgullo de ser español. A regañadientes o a voz en grito, no creo que haya nadie que deje de sacar pecho. Así ha ocurrido, como por arte de magia, cuando un señor de negro ha accionado tres veces su silbato.
'Visca España'. Lo he leído esta misma noche en la web del periódico 'As'. Acertado, conciliador y definitorio. El titular no podía estar mejor manejado. Esta mañana, un compañero de trabajo me comentaba que le gusta más ver el fútbol de selecciones que el de clubes.
Hasta ahora, yo siempre he definido que prefería ver al Barça ganar la Champions o al Levante ascender a Primera. Quizás siga siendo así, pero he de reconocer que disfruto viendo a la roja. Y cada día me gusta más ver a futbolistas que se baten para defender los colores de su selección y no por los euros que les da el club que les paga.
Casillas y Ramos dejan de ser los enemigos de los culés para convertirse en dos héroes más. Lo mismo ocurre con los Xavi, Iniesta, Busi o Puyol en el caso de los madridistas. Si el término compatriota te suena épocas rancias y peores, llámalo compañero de ilusiones. Después de este Mundial, seguiré autoproclamándome valenciano. Pero ahora entiendo lo que siente media Europa y toda América cuando ven salir al campo a un equipo que tienen como suyo, un combinado que reune lo mejor de cada casa.
Jamás he querido mezclar el deporte con el fútbol y hoy tampoco lo voy a hacer. Mi reflexión va a un hecho palpable: algo llamado España ha sido capaz de unirnos a todos durante un mes. Sin más consideraciones. Sin rencores ni reticencias. Con normalidad. Disfrutando de unos chavales que hablan el mismo idioma y que son los mejores del mundo en su profesión. Como cuando vemos a Nadal, a Contador o a Alonso. Por mucho que a algunos les pese, el deporte es cultura. Un hecho sociológico que ha paralizado la vida en más de 500.000 kilómetros cuadrados y ha generado una ilusión entre todos los castellano hablantes de la Península Ibérica.

martes, 29 de junio de 2010

El arcaico jefe del fútbol

Ha tenido que liarse parda en un Mundial, con millones de espectadores a través de las televisiones de todo el planeta, para que el señor Joseph Blatter se baje del burro. El presidente de la FIFA se negaba a usar las nuevas tecnologías en el balompié. Alegaba que el juego perdería esencia, ritmo y no se qué otras excusas de mal pagador.
Blatter ha puesto cara de circunstancias para pedir perdón a los mexicanos y, sobre todo, a los inventores del fútbol. Si todo se hubiera quedado en el atraco a los americanos, aquí no habría pasado nada. Pero es que el árbitro del Inglaterra-Alemania la lió parda. No dio un golazo de Lampard, uno de los mejores futbolistas del mundo, dejó fuera del torneo de Sudáfrica al laureado Fabio Capello y echó al país de la Premier, una de las tres mejores ligas del planeta.
Palabras mayoires. Posiblemente el ínclito Jorge Larrionda no pite más partidos en el Mundial. Roberto Rossetti, italiano con mayor peso, también debería hacer las maletas tras el clamoroso fuera de juego de Tévez.
Para empezar, los colegiados deberían ofrecer ruedas de prensa para dar explicaciones. Pero lo que resulta inaudito es que una acción que se ve en los marcadores del estadio y que al segundo está colgada en miles de webs en todos los idiomas, no pueda servir para que estos señores necesitados de gafas o de vergüenza rectifiquen en el momento.
Blatter ha admitido esta mañana que habrá que reabrir el debate de la tecnología. Supongo que habrá visto peligrar su silla si no lo hacía. En las federaciones funcionan así: los mandamases reaccionan cuando vislumbran la guillotina camino de su trono. Pero rápidamente, el presidente de la FIFA ha advertido del riesgo de que al consultar las acciones polémicas se rompa el ritmo de juego.
El ojo de halcón está implantado en los torneos más importantes de tenis sobre pista rápida. En EEUU, donde están, aunque me duela, más avanzados, usan el vídeo para determinadas acciones de baloncesto y fútbol americano. Bastaría, como en los tres casos citados, con colocar una limitación al entrenador. Por ejemplo, un error por tiempo al consultar una jugada.
Así se evitarían portadas, enfados, tensiones... Si el fútbol levanta pasiones y es un negocio que mueve cientos de millones de euros, las ilusiones y las opciones de los equipos no pueden estar en manos de la decisión de un señor. Un error puede suponer ganancias o pérdidas incalculables. Claro está, desde el momento que se implanten las nuevas tecnologías, será más complicado que los más poderosos reciban sus habituales y sospechosas ayuditas. Igual es a esto a lo que se resisten algunos de los que mandan, aunque sea desde la segunda línea, en el fútbol.

viernes, 18 de junio de 2010

Lecciones a pie de césped

Todos mis temores se cumplieron cuando salté al césped. Con ropa de pádel y botas prestadas de fútbol, ayer di un paupérrimo espectáculo y aprendí que cada arte o profesión resultan tan complejo que lo difícil es saltar la barrera desde donde lo vemos. "La próxima vez que tenga que criticaros me lo pensaré", le mentí a Pau Cendrós, lateral del Levante, un tío grande. "¡Ahí, ahí!", respondió el chaval.
No sé cuántos minutos fueron, pero se me hicieron eternos. Vi pasar como un avión al míster Luis García, al director deportivo Manolo Salvador. Algunos de mis compañeros de otros medios se defendieron, incluso ofrecieron destellos de calidad. A mi me superó una situación que me enseñó al valorar más el trabajo de los profesionales del balón.
Táctica, preparación física, técnica innata y depurada... son vectores que pulen al futbolista. Nosotros, los periodistas, escribimos con menos acierto, pero debemos humanizar nuestras opiniones y animar a lo mismo a nuestras audiencias. Semanas atrás escuchaba a Pep Guardiola decir que él no tiene ningún caradura en su plantilla. Justificaba así a los hombres que han realizado una mala temporada. Los entrenadores cada vez tienen esto más en cuenta. A fin de cuentas, forman parte de un negocio insostenible si sólo hacen fuerza las estrellas tipo Messi o Cristiano.
Veo el fútbol como un arte. Los pintores logran el aplauso de su público modelando sobre un papel una pasta grasienta con un palo en el que hay pegado un matojo de pelo. Los jugadores elaboran trazos imaginarios cerca o a ras de césped a base de patadas a un trozo de cuero, usando para ello unos zapatos con trozos de goma o cuero en la suela. Si creéis que esto no tiene mérito, intentadlo.
Como en otros artes, algunos crean verdaderas obras de arte, otros se defienden... y algunos sólo pueden admirar lo que otros elaboran. Incluso esto, la capacidad de valorar, tiene su dificultad. Trato de convencerme de esto para justificar mi próxima crónica después del papelón que hice ayer en Orriols. Por suerte hay un verano de por medio.
Como sobre el césped soy el más torpe de los tuercebotas, regresaré a la grada e intentaré escribir con cordura. No diré lo contrario si alguien juega mal. Seamos sensatos: como profesional, debe aceptar las críticas con un afán de mejorar de igual manera que yo he de hacerlo si un lector asegura que una crónica mía es un bodrio.
Y después de la disertación, me quedo con el rato de ayer en el que los empleados del Levante y los periodistas fuimos por unas horas una sola familia. Pachanga y comida. Jugar contra el míster, el director deportivo, el preparador físico o el presidente no tiene precio. Hay decenas de anécdotas, pero permitidme que queden en el recuerdo. Sólo apunto que cuanto más veas el fútbol más grande te parece y más te engancha... como cualquier arte.