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jueves, 9 de abril de 2020

Cuarentena en el Mandor (XXII): Ya soy maratoniano

No. Que nadie piense mal. No me he escapado por los campos de alrededor de L'Eliana, aunque admito que no me faltan ganas. Tampoco me he puesto a dar zancadas de un lado a otro de mi casa como hacen muchos: no lo criticaré, pero de momento tampoco me motiva. En mi vida he corrido 42.195 metros seguidos y a día de hoy me sigue pareciendo un reto superlativo teniendo en cuenta que, antes del parón por el confinamiento, a la mitad ya estaba agotado.
Pero lo reitero: ya soy maratoniano y, además, en Valencia. En mi amada ciudad, sólo un poco menos querida que la maravillosa L'Eliana. Me han hecho maratoniano porque dicen que todos los que trabajamos de algún modo en este portentoso y pujante evento que pone en valor la Ciudad de las Artes y las Ciencias, formamos parte de él. Esta mañana he recibido un mail que me ha alegrado el día. Copio y pego:

Hola Moi!

Son momentos complicados y de incertidumbre, sabemos que a muchos compañeros nos está golpeado fuerte esta crisis, por eso desde el equipo del Maratón Valencia Trinidad Alfonso EDP queremos enviarte todos nuestros ánimos y fuerzas para superar esta etapa al tiempo que darte las gracias por toda tu ayuda. Sin tu trabajo (ahora desde casa) y el de toda la Prensa, el nuestro tendría poco sentido.

Te esperamos el próximo 6 diciembre, porque tú también eres parte de este 40 aniversario del Maratón Valencia (y del cartel oficial  😉).

#EstoNOtienequePARAR

Un saludo del equipo de comunicación del Maratón Valencia!

Vuelvo. Pocas estrategias veo más acertadas que fomentar el sentido de pertenencia. A tu empresa, a tu comunidad de vecinos, a tu localidad de residencia, a un club, al gimnasio o, por supuesto, a la familia. Si sientes algo como tuyo, lo cuidas y lo defiendes sin que nadie te lo pida. A mí, que en los últimos años estoy entusiasmado con esto de correr, este correo electrónico me ha ganado. Pero es que además va acompañado de dos versiones personalizadas del cartel del Maratón de Valencia, que este 2020 celebra su 40 aniversario. Aquí reproduzco una de ellas:




Reconozco que me he sentido hasta abrumado de verme ahí. Yo, un modesto corredor que empecé en esto que llamamos ahora running porque me harté de engordar. Me sentía entonces incapaz de completar cinco kilómetros seguidos y ahora ya he logrado los 21,095, aunque mi amigo Sugoi se ría de mi estilo y de mis ritmos. Un simple mail ha reforzado mis ganas de que todo esto pase y las de seguir aportando un poco desde mi puesto de periodista de Las Provincias para que Valencia tenga un maratón de primer nivel mundial y que miles de personas quieran venir a correr a nuestra ciudad.
Eso mientras me animo a dar el salto a maratoniano de verdad, con dorsal, y se me presenta la oportunidad de pasar esa icónica meta como como corredor. Por todo eso y mucho más sinceramente me encanta el hastag #estonotienequeparar. De momento, tenemos una tarea diaria:
Quédate en casa.

viernes, 12 de marzo de 2010

Oro que arde, joyas de cartón piedra

No voy a hablar del petróleo, ese oro negro que arde y que literalmente mueve el planeta. Me refiero al material precioso que en estos días es trasladado por mi ciudad a bordo de enormes camiones que no necesitan escolta. No hay peligro de que ninguna banda de forajidos los asalte, a pesar de que transportan su tesoro a la vista de cualquiera y a plena luz del día.
Pasados los 30, sigue corriéndome un hormigueo por todo el cuerpo cada vez que llega el 1 de marzo. Observo desde la lejanía, sin inmiscuirme más de lo necesario en ese mundillo, los preparativos para las Fallas de ese año. Empiezo a preguntarme cómo será el monumento de la plaza del Ayuntamiento, o si las comisiones tradicionales (No Jordana, Convento de Jerusalén, El Pilar, Plaza de la Merced, o alguna más) rompen por fin la tiránica hegemonía de Nou Campanar. Este año, según parece, lo volverán a tener complicado porque la agrupación invicta cuenta con el coloso de cartón piedra más alto de la historia.
Veremos. Por ahora, degusto los preparativos. El trasiego de camiones por la ciudad trasladando muñecos medio tapados con plásticos. El montaje de esas churrerías que te sacan el hígado pero que desprenden un olorcillo ante el cual resulta imposible no volver a caer. El sonido casi melódico de los petardos aislados, que conforme avance el día de la cremà es menos espaciado.
Me gusta. Aunque me toque los... esas calles cortadas para albergar una carpa o no encontrar aparcamiento en 30 minutos. A pesar de los niñatos disfrazados de macarras (algunos de corta edad) se crean los amos de la calle, me siento más valenciano cuando llegan las Fallas.
Me enorgulleció ver esta semana a un japonés embelesado en el montaje del ninot principal de Convento de Jerusalén. El hombre miraba con evidente sorpresa el complicado entramado, con grúa y todo, organizado para colocar una escultura en plena calle. Si no lo sabe ya, el extranjero no saldrá de su asombro cuando le digan que ese monumento será en pocos días pasto de las llamas. Y el día 19... flipará.
Por eso las Fallas son únicas. Porque la gente de fuera no acierta a comprender cómo somos capaces de quemar en media hora el trabajo y el arte de todo un año. Hay una razón de peso: porque para guardar todos los monumentos necesitaríamos despoblar Paterna y Torrent, las ciudades más grandes de los alrededores de Valencia, y aún nos quedaríamos cortos. Pero la verdadera explicación reside en que sin fuego, las Fallas no serían Fallas.
Eso las ha curtido, las ha hecho grandes. Un signo de identidad para todos los valencianos, excepto para cuatro gilipollas que las critican ensalzando sus efectos secundarios, agrandados por el hecho de que los padecemos todos los años. Para los visitantes, el olor a fritanga de las churrerías es aroma a buñuelos recién hechos; los petardos no suponen una molestia sino un divertido susto que no sabes cuándo va a llegar; y los problemas de aparcamiento no importan porque van a disfrutar de la fiesta.
Me entristece cada vez que un valenciano critica las Fallas porque está echando por tierra una pequeña parte de mí, de cómo pienso, de cómo me divierto y del lugar de donde vengo. Pero sobre todo porque este mundillo, tan molesto para los ciudadanos durante medio mes, da de comer a miles de familias.
Cientos de personas trabajan en empresas relacionadas con el turismo, desde bares a hoteles, agencias de viajes o guías para visitantes. Eso sin contar a los de las churrerías, los artistas falleros (que sin duda son auténticos genios), las pirotecnias, las firmas de iluminación... con la crisis que nos atenaza, las Fallas conforman una maquinaria generadora de riqueza. Un monstruo arraigado en la sociedad valenciana, un signo de mi identidad de la que, desde luego, me sentiré muy orgulloso durante toda mi vida.