miércoles, 19 de septiembre de 2018
Historias de L’Eliana (IV): El balón
domingo, 10 de septiembre de 2017
Chau Mei
miércoles, 6 de septiembre de 2017
Él y ella
miércoles, 9 de diciembre de 2015
Un café con 'Celtas Cortos'
La profesión de periodista te abre puertas, posibilidades de compartir una conversación con gente para muchos inaccesible. Hay personas con las que ese rato forma parte de la jornada laboral, sin más. Con otras disfrutas de una experiencia vital. Últimamente me ha pasado lo segundo con algunos de los deportistas con los que he charlado. Sin embargo, esta historia no forma parte de mi trabajo. Me tomé un café con Alberto García, de 'Celtas Cortos', como podría haberlo hecho cualquier otro fan. Sí, seguro que mi alma de reportero ayudó. Por ello, aquella historia no habrá estado completa hasta que haya terminado de escribir esta reseña.
martes, 17 de febrero de 2015
Luna
-Sí, y no insistas más...
-Pero...
-Ni pero ni nada. Ella lo habría querido así. Me lo dice el corazón. Además, para que se lo quede el Estado...
Hacía años que lo había decidido. A decir verdad, este era el culmen de una decisión que había tomado mientras cicatrizaba su raja en el pecho. Aquellos días le dolía todo. La terrible herida y la horrible sensación de vacío que sintió al leer la carta. Aún se estremecía al recordarlo. De vez en cuando sacaba de la caja fuerte ese manuscrito, elaborado con prisa y donde adivinaba una gota reseca. Una lágrima de ella. Seguro.
Mientras se recuperaba puso su vida patas arriba. Vendió todos sus bolsos de Chanel y donó el dinero a la protectora de animales. Entregó toda su ropa de marca a diferentes ONG. No se preocupó ni de recuperar el puto deportivo con el que casi se mata. Tardó años en volver a examinarse del carné de conducir, que lógicamente le retiraron por triplicar la tasa de alcoholemia. Cambió de teléfono móvil, de domicilio, dejó de frecuentar las discotecas... en definitiva, dio la espalda al que había sido su mundo.
------------------------------------------------------
Luna ahora se siente consumida. Está sola. Como siempre. Nunca pudo ser la misma. Sigue cortándosele la respiración cada mañana cuando se mira al espejo desnuda nada más salir de la ducha y ve la cicatriz que le atraviesa el pecho. Durante más de medio siglo, sus vecinos y la gente del pueblo le han llamado la rara. Pocos conocen su historia.
"No debiste hacerlo, Sara. Tú deberías haber vivido estos años. ¡Joder, que yo no merecía vivir, hermanita!", repite cada noche entre lágrimas. Hoy es diferente. Luna ha cumplido los 86. Se siente cansada y sola. Nada de tartas, ni una llamada de felicitación. Al fin y al cabo lo había decidido ella, pero sentía un vacío inmenso.
Escucha el corazón. Como siempre que le late más fuerte desde que despertó en aquella cama de hospital. Se siente extraña, más que nunca. Acude a la caja fuerte. Saca una vez más la carta, pero esta vez también coge aquel escrito que ya hace muchos años su hermano le ayudó a redactar a regañadientes.
"Para mi hermana querida, aunque pienses que estoy loca yo sí me acuerdo de ti. Desde el vientre de mamá no pude estar junto a ti. Si estás leyendo esta carta es que todo salió bien. Yo siempre quise morir cuando fuese viejita, como nací, junto a ti. Cuídanos, hermanita. Te quiero. Sara". Luna lee la carta. Una, dos veces. Casi no nota cómo le falta la respiración. "¿Por qué tuviste que hacerlo? Yo no lo merecía. He cuidado tu corazón. Lo he mimado, hermanita. Pero quiero reunirme ya contigo", solloza la anciana. Nota un dolor punzante en el pecho. Sabe que ha llegado el final. "Hoy por fin estaremos juntas, Sara", acierta a mascullar antes de desplomarse en el sofá, junto a la carta que tantas veces ha leído y junto al testamento que escribió en compañía de su hermano hace ya 30 años.
-------------------------------------------------------------------
Ahí estuvieron hasta que un vecino llamó al 112 al notar el olor que emanaba de la casa de la anciana. Nadie se extrañó de que hubiera desaparecido durante un mes. Lo achacaron a que se había marchado a pasar unas semanas al pueblo. El infarto había sido rápido, fulminante y silencioso. Las encontró la Policía. A ella. A la carta de su hermana. Y a la suya, la que había redactado como posdata de sus últimas voluntades.
"Hermana querida, espero haber cuidado bien ese corazón que tú me regalaste y que me cambió la vida. Ahora que por fin estoy contigo, dejaré todos mis bienes para los niños del pueblo. Para su educación. Para que ninguno sea como lo fui yo durante 25 años. Para que sean como tú, querida Sara: bondadosos, trabajadores, buenas personas. Te quiero. Luna".
-----------------------------------------------------------------------
Este relato es una especie de continuación de la maravillosa canción 'Saraluna' (Melendi), basado en la noticia de una mujer que donó a su muerte todos sus bienes para la educación de su pueblo natal de Cuenca. El texto es una adaptación, no tiene nada que ver con la realidad.
viernes, 26 de diciembre de 2014
Historias de L'Eliana (III): El encendedor
Todo empezó de buena mañana, con un whats app: "¿Te vienes a tomar un cafetito?". Llevaba unos minutos despierto, retrasando todo lo posible el traumático instante de abandonar el cobijo del nórdico para abordar el frío paseo matutino con Zeus. "Claro, dame un cuarto de hora". Rentabilicé al máximo el tiempo para vestirme, arreglarme un poco el pelo, preparar al perro y salir al rellano. Ahí me esperaba mi vecino, con su hija bebé.
Tenemos buen rollo. Cuando nos encontramos charlamos de todo un poco y de vez en cuando tomamos una caña o un café juntos. Habíamos quedado para desayunar un día, antes de que se marcharan para pasar la Navidad en familia. Estábamos enfrascados en la conversación, lo que permitía una bebé que acaba de descubrir el divertido juego de la cucharilla voladora. Hablábamos de los complicado que está todo, de lo difícil que es llegar a fin de mes. Entonces ocurrió todo.
-¡Amigos! ¡Buena suerte! ¿Quiere? Barato. Dos euros. (Pausa inesperada)
-No, no, muchas gracias... (Respondo sin mirar, aunque no puedo evitar que se trata de un hombre negro, muy alto y que va cargado de mecheros y encendedores)
-Vale amigos, buena suerte...
(Vuelta a la conversación, creyendo que el chico ya no estaba. De repende, la niña lanza una cucharilla y mi vecino le dice a la pequeña: "¿Ves? Ya la has tirado y ahora no puedo dártela, que luego te la llevas a la boca")
-Yo también tengo un hijo ("¿Pero este aún no se ha ido?")...
-...pero no lo conozco. Nació justo cuando llegué a España. Ahora ya tiene cuatro años ("¡Joder, y nosotros hablando de lo difícil que es llegar a fin de mes!". Mano al bolsillo. Calculo cuánto me costará el desayuno... tengo suficiente).
-Venga dame un encendedor. Dos euros, ¿no?
-Sí, amigo...
-Dame otro a mí también, que siempre vienen bien.
-Muchas gracias. Suerte amigos.
Cuatro euros que no nos impiden a nosotros llegar a fin de mes, ni a él le han permitido ver esta Navidad a su hijo. Nosotros nos llevábamos un encendedor que no necesitábamos, como tantas cosas que compramos a diario. Espero que a él le sirviera para comer de caliente, como yo hago cada día.
domingo, 9 de marzo de 2014
La escalera
Los otros, mientras tanto, aguardamos a nuestro turno. Como un grupo de condenados resignados a su destino. A ese instante en el que nos sumiremos en un sueño profundo que puede parecer eterno. Vemos correr gente por las escaleras durante esos días interminables. Y venciendo al vértigo, aún a riesgo de caer al vacío hacia las entrañas del pozo, observamos con envidia cómo deambulan los otros.
Junto a esas escaleras infinitas, he hallado mi halo de paz diaria durante una semana. Por la mañana. A mediodía. Por la noche, cuando el flujo de hormigas-persona se interrumpe hasta el día siguiente. Sólo así puedo constatar que ha transcurrido una nueva jornada. Una tras otra. Sin novedades. Sin que vengan a por mí.
Empieza mi segunda semana. Vuelvo a ver la escalera infinita. Ese pozo que parece no tener fondo. Puede que haya llegado mi momento. Ese instante en el que no sabes si sentir miedo o alivio. El inicio de un viaje hacia el limbo, de donde vuelves siendo otro. En mi caso, con una córnea nueva.
Espero que, como hace 14 años, el mal trago sea para bien. Que vuelva a ver pronto la escalera y en unos días pueda recorrerla feliz, hacia las entrañas de la clínica Barraquer. Unirme a ese hormiguero que recorre a diario el hall del edificio. Caminar de norte a sur para pisar la calle de Barcelona, y regresar a mi casa. A L'Eliana. A mi querido hogar junto al Mandor.
jueves, 22 de agosto de 2013
Historias de L'Eliana (I): Aguas sucias
Cualquiera diria que esta familia se había perdido en el laberinto subterráneo que conforma el alcantarillado público. Me los encontré esta semana apoyados sobre una celosía de escayola, observando el estanque del parque de L'Eliana, cuyas aguas surcan a diario decenas de patos. Este padre, joven de apenas 40 años, soportaba el mal trago mientras sus hijos permanecían embelesados mirando las aves.
Cierto, había mosquitos. Agosto, agua, animales, ¿qué pretendía? Tampoco es mentira que el agua no era cristalina... tampoco se hallaba al pie de un manantial pirenáico. ¿Su malestar de garganta? Casi puedo afirmar que lo había somatizado, que de arranques hipocondríacos se un rato... El fictício Juan -no iba a preguntarle el nombre y tampoco lo desvelaría si lo supiera- sufría por sus dos pequeños y la de enferemdades que podía transmitirle a él y su familia una horda de insectos y unos cuantos patos.
Mientras me alejaba, casi caigo en la tentación de esbozar una sonrisa como preámbulo de la correspondiente carcajada. Pero entonces noto un tirón en el brazo derecho al tiempo que escucho una respiración ronca y acelerada. Miro a mi perro y recuerdo que toma jarabe, y usa collar, pipeta y spray para ahuyentar a los flebotomos... y porque no puedo instalarle un antiaéreos en el lomo. Sufro cada vez que vomita, si lo veo apático o si caga un poco suelto. Mirándolo bien, si alguna vez soy padre, igual causo más risa que mi desconocido Juan, o como se llame.
jueves, 16 de junio de 2011
Los amantes del Mandor
Ahí estaban los dos. Regalándose besos con sabor a chicle. Intercambiándose palabras de amor que no va a ser eterno y sonrisas envueltas por espinillas. Un rollete al salir de clase. Sin pensar en el examen de mates de mañana, sin perder un instante en plantearse cómo sería una vida juntos, si los sueldos de médico de ella e ingeniero de él darían para un chalecito como el de papá y mamá.
Él apoyado en un bloque de hormigón. Ella de pie. Él con chándal y ella con vaqueros y un jersey. Las armas de seducción de ambos, unas notitas intercambiadas de forma furtiva sin que los descubriese el profesor de filosofía. El premio, esas caricias con manos rayadas con el boli Bic azul, testigos del madrugón para iniciar una insoportable jornada de instituto.
Cuando suena el timbre, salen en tromba, como el resto de sus compañeros. Avanzan juntos mirándose de reojo hasta que se atreven a darse la mano. Cuando por fin entrelazan sus dedos intercambian una fugaz sonrisa. Hoy toca escapada con la mochila y los apuntes como único equipaje. ¿Para qué más? Tampoco es cuestión de llegar muy tarde a casa. Él tiene partidito de fútbol con los amigos, ella dará una vuelta por el parque con las de clase. Y hay que estudiar para el maldito examen, que no hay que dejarlo todo para el selectivo…
Ahí permanecen un buen rato. Se abrazan. Se besan. Sus risas resuenan tras chocar en las paredes del encauzamiento. Ajenos al voyeur ocasional que los observa embelesado, sin más morbo que el de recordar tiempos pasados. Rememora esos primeros amores gratuitos, sin pedirse nada a cambio pero dándolo todo por un rato, unos días, unas semanas. Aquella sensación de vivir un momento incontrolable pero pasajero, como las aguas que bajan desbocadas por un barranco. El torrente de cariño adolescente acaba por hoy. Hace 15 años nos decíamos ‘hasta mañana’. Probablemente, los amantes del Mandor se hayan despedido con un ‘nos vemos por el Tuenti después de la cena’.
lunes, 27 de diciembre de 2010
El viaje de nuestras vidas. Capítulo 4. Pesadilla en Cancún (II), Separados
Llego hasta la sala donde salen las maletas. Sólo quedan nuestros cuatro bultos, custodiados por otro trabajador, que al verme llegar, la suelta. Intento agarrarlas, pero imposible. "¿Me podrías ayudar a llevar dos, o una por lo menos?", le preguto al chaval, que frunce el ceño: "¡Sí, por lo menos! ¡Para uno que le ayuda!" Decido no insultarle en vista de que me ha malentendido.
Aparece un empleado del touroperador con el que viajábamos, un mexicano con pocas ganas de ayudar. "¿Tú no puedes echarnos una mano o llamar a España para hablar con alguien?", le pregunto. "No, señor, yo no", y ya no articularía palabra... dirigiéndose hacia mí. Llego hasta un mostrador, donde facturan mis maletas, me dan el billete de vuelta a Barajas, claro está, previo pago de mis tasas y las de Maggie.
MAGGIE. Ahora él se ha ido. Tengo miedo. No puede estar ocurriendo esto. Era nuestro viaje de novios. Me dicen algo. A ver si todavía quieren ayudarnos. "Convéncele de que no pierda el dinero. Tú vuelves a España y mañana puedes estar de vuelta, él puede esperarte en el hotel". Intento dar la menor información posible. Yo no tengo tarjetas y me vería perdida en Barajas.
El gordo me habla. A ver si esta pesadilla se acaba y nos vamos al hotel. "¿A qué se dedica tu marido en España?". No sé por qué me pregunta eso: "Es periodista"... ¿Qué escribe en el posit? Ahora se lo enseña a la de 'cinco minutos, te quedas o te vas'. Se ríen. ¡Será guarra! Y ahora lo tira. Quiero irme ya con Moisés.
MOISÉS. "Cariño, me dicen que tu pasaporte está en extranjería. Confírmalo porque los de la aerolínea niegan que lo tengan aquí". ¡Menudo lío! En la puerta de embarque, decenas de personas se agolpan, después de disfrutar de unas vacaciones como las que nosotros habíamos soñado, con ganas de emprender ya el camino hacia España. Me han dicho en cinco minutos que el pasaporte de Maggie está en el avión, en extranjería y que lo tenía el personal del aeropuerto.
"Yo no lo sé... Pero no me dejes aquí", me vuelve a decir Maggie. "No te preocupes, que sin ti no voy a subir en el puto avión". Debo decir que mexicano no es sinónimo de cabrón incompetente y mala sombra. Uno de los trabajadores que realizan el embarque me tranquiliza: "Mire, el pasaporte de su mujer lo tienen los de extranjería y ella vendrá por otro sitio. Tranquilo que usted embarcará con ella". Cumplen la promesa. Cuando entro por el pasillo, junto a las esbirras del gordo, está Maggie.
MAGGIE. "¿Quiéres un poco de agua?" No sé qué hacer. Tengo mucha sed, pero me da miedo. ¿Y si meten algo para dormirme? No me fío de ellos. "No gracias, no quiero nada". Los minutos se me hacen interminables. hasta que al final me dicen que en marcha, que el vuelo va a salir. Me conducen por varios pasillos. Estoy llorando, pero miro a izquierda y derecha. ¿Me irán a hacer algo? Dicen que me pare aquí. Ahí está Moisés.
JUNTOS DE NUEVO. Entramos en el avión y una azafara, muy amable, nos acomoda. "Estoy esperando una llamada. Si se solucionase todo..." Ella sale al paso: "No se preocupe, señor. Si hay una solución antes del despegue, podrán desembarcar". Nos ofrece agua, y esta vez aceptamos. No contiene somnífero ni veneno alguno.
"He hablado con el cónsul español en México. Me ha dicho que enseguida me llama". Mi madre me había facilitado el teléfono. El enseguida nunca se produjo y hablé yo con el hombre. "Lo lamento, pero yo no puedo hacer nada. Tienen que ir a la embajada mexicana de Madrid y sacar un visado". Resignados, esperamos a un despegue que debería haberse producido hace ya bastantes minutos. Posteriormente, nos enteramos de que un huracán que venía hace la costa este de América obligó a cambiar el plan de vuelo. Y eso nos permitió hacer una última llamada. La única que realmente, sin desmerecer los intentos de nuestros familiares, nos serviría de ayuda.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
El viaje de nuestras vidas. Capítulo 3. Pesadilla en Cancún (I), Juntos
Nueve horas después, la megafonía del Boeing en el que viajamos anuncia que en unos minutos tomaremos tierra en el aeródromo de Cancún. "¿A que nunca habías visto un aeropuerto entre palmeras? Pues esto es así. Y ya verás cuando pruebes las frutas ricas", me dice Maggie en pleno aterrizaje. Hago algún comentario sobre el aeropuerto, más pequeño y antiguo que el de Manises. Ella me lo recrimina. Mientras bromeamos, observo a un policía: pantalón ajustado, camisa blanca y una aparatosa estrella como las de los sheriff de las películas. Agarra el cinturón con ambas manos mientras mira a los viajeros con cara tipo duro. Me da mala espina.
Nos colocamos en una cola. Quizás acabamos de tomar la última decisión: la suerte está definitivamente echada. Sacamos los pasaportes. Llega el gran momento. En una hora, como mucho, estaremos en el paraíso. En un todo incluido en el que disfrutaremos de nuestra luna de miel. Estoy deseando llegar al hotel. "Hay un problemita. Acompáñeme", escucho decir a un hombre que habla con Maggie.
La chica de la garita, la que había avisado a aquel tipo, coge mi pasaporte, lo revisa en menos de 30 segundos y cuña unos papeles. "Bienvenido a México", me dice. "Gracias pero... ¿a dónde han llevado a mi mujer", le pregunto. "Ella no puede entrar. Le falta un papel. Yo ya no puedo hacer nada", me responde.
Maggie está en una oficina prefabricada. Me está buscando y viene hacia mí en cuanto me ve. Está llorando desconsolada. "¡Que no puedo entrar! ¡Dicen que me van a deportar!". El tipo, un maldito gordo con cara de pocos amigos, pretende que me largue: "Usted no puede estar aquí. Usted ya está en México, pero ella no puede entrar porque le falta el visado". Intento razonar con él, pero se cierra en banda y yo alzo la voz. Seguro que en ese momento cerré la última puerta, la última posibilidad que nos quedaba para que no nos arruinasen el viaje.
"Señor, váyase de aquí o llamo a la policía", me dice. Para entonces, ya habían emergido sus dos secuaces, dos mujeres que iban de simpáticas pero que resultarían ser verdaderas arpías. "Le aconsejo que no pierda el billete. Ella vuelve a Madrid, le dan el visado y vuelve mañana mismo... y usted le espera en el hotel".
Intento serenarme. Llego a valorar esta posibilidad. Tres meses después, doy gracias al cielo por no haber seguido su consejo. "No me dejes sola... vente conmigo", me pide Maggie. Ante las amenazas del puto gordo, salgo de la oficina y aviso a nuestros familiares de lo que ocurre a través del teléfono móvil. Uno de los chicos que cuñan los pasaportes ya me avisa de que estamos en manos de aquel tiparraco, el supervisor de la aduana donde se cuñan los pasaportes. Y viene hacia mi. "Aquí no puede estar. Ya le he dicho que usted ha entrado en México y que no puede quedarse. Váyase a su hotel, que su mujer va a ser deportada".
Ignoro cómo no le mandé a la mierda, pero entro en razón y me sereno. Intento razonar con él. "Por favor, no me amenace con llamar a la policía. Soy un ciudadano europeo normal y no hemos cometido ningún delito". ¡Para qué le dije esto! "¡Yo no te he amenazado y si dices esto voy a llamar a la policía!" Me he dado cuenta de que va a ser jodido dialogar con ese cabeza cuadrada.
"Cariño, vete al hotel. Yo vuelvo a Madrid y mañana regreso", me dice Maggie aún más desconsolada. Desoigo al gordo cabrón y entro en la oficina de nuevo. Hablo de nuevo con las arpías. "A ver, se lo pido por favor. Ayúdenos. Venimos de luna de miel y ella no tiene tarjetas de crédito ni nada. No puede ir sola a España. Nos quedamos toda la noche en el aeropuerto y mañana voy al consulado a por el visado que necesita". Una de las mujeres no abriría más la boca. "¿No se puede pagar aquí una tasa?", llego a preguntar por si buscan la pasta para dejarnos pasar. La otra funcionaria me mira a los ojos, sentada en su sillón y con una mesa de por medio. Cuando acabo, me responde: "Mire, tiene cinco minutos para decidir si se queda o se va con su mujer".
Vuelvo a pedirles que por favor nos ayuden. Que mire cómo está mi mujer de desconsolada. Les explico que la agencia de viajes no nos había dicho que los ciudadanos ecuatorianos, nacionalidad de Maggie, necesitan un visado para entrar en México. Flipan cuando les comento que en Madrid nos han dejado volar sin ese papel. Imploro un poco de comprensión mientras la funcionaria me mira fijamente. Llego a creer que estoy consiguiéndolo. "Cinco minutos. Se queda, o se va", repite en cuanto dejo de hablar. "Sois unos malditos hijos de puta". Lo pienso y aún me sorprende no habérselo dicho. Llego a tener las palabras en la boca.
"Me voy". Hace una llamada. "Vámonos Maggie". Cuando ella se levanta, el gordo interviene. "Ella no puede pasar. Ha de quedarse aquí hasta que embarque en el avión. Usted ha de recoger el equipaje y embarcar". Tranquilizo a mi mujer. Le digo que la quiero y le enseño el móvil. "Te voy llamando", le digo asegurándome que el tipejo lo escuche. "¡No me dejes aquí!", escucho aún a lo lejos. Me encamino por un pasillo hacia mis maletas, aún aturdido ante una situación que no sabía cómo podía resolver.
lunes, 6 de diciembre de 2010
El viaje de nuestras vidas. Capítulo 2: El coche
Vigilo las maletas, nuestras compañeras del viaje de nuestras vidas... el más absurdo... la cara B de lo que debía ser nuestra luna de miel. Por lo menos, el papel por el que luchamos durante 15 días evitó que se agrandase el drama. Con todo lo que nos ocurrió en Cancún, llegué a pensar que aún podía ser peor al acercarme a la garita de la frontera de Barajas. Pero esta vez no hubo sorpresas. Maggie tenía en regla su pasaporte y contaba con el permiso de regreso a España. Entramos sin problemas en el país. El policía tenía cara de buen tipo, no como el gordo hijoputa... del que aún no os he hablado.
Pero de eso hacía ya muchas horas. Habíamos cruzado el Atlántico y habíamos intentado en vano regresar al día siguiente a México. Menos mal que no les hicimos ni puto caso. Mientras pensaba si inicio o no otro partido, suena el móvil. Cargamos las maletas y tomamos el autobús. En silencio. Cansados. Todavía indignados. Tristes. "Venga va, que estamos bien y juntos", me dice Maggie. "Prométeme que ya estás bien", añade. "Si, ya estoy mejor", miento.
Minutos después, llegamos al aparcamiento. Mientras seguimos insultando al trío de indeseables, buscamos nuestro coche. "¿Pero te acuerdas de dónde lo dejamos?" Respondo que sí, mientras camino hacia un lugar al que no tenía pensado volver hasta siete días después.
Pienso que en ese justo instante debería estar a miles de kilómetros de Madrid. Degustando un cóctail. O abrazándola. Tomando el sol. O simplemente dándonos un baño en el jacuzzi. Recuerdo en ese momento en que ya acariciábamos el sueño mientras el avión aterrizaba en Cancún. "¿A que nunca habías visto un aeropuerto entre palmeras? Pues esto es así. Y ya verás cuando pruebes las frutas ricas", me había dicho Maggie con una preciosa sonrisa de oreja a oreja.
Ya saboreaba las vacaciones soñadas. El viaje de nuestras vidas. Pero todo se había desvanecido por un puto papel y el capricho de tres indeseables. Vuelvo de repente a la realidad cuando veo nuestro coche estacionado. Busco la llave y abro el maletero. Guardo el equipaje. Siento una rabia incontrolable. Pienso que le he fallado. Noto como la impotencia genera un nudo en mi garganta y mis ojos están a punto de estallar. Y entonces, me vengo abajo.
lunes, 11 de octubre de 2010
El viaje de nuestras vidas. Capítulo 1: La isla
Mientras Maggie esperaba las maletas (por increíble que parezca no se perdieron), yo me dediqué al mercadeo. Reconozco que disfruto comparando precios y apliqué el criterio de 'contrata el más barato' en nuestra búsqueda del coche de alquiler con el que nos desplazaríamos por la isla. Como no me pagan, obviaré la empresa por la que nos decantamos.
Nos ofrecieron un coqueto Toyota Yaris. No es ninguna maravilla, pero como ventaja, se aparca en cualquier sitio. Todo iba de lujo hasta que abandonamos el parking cubierto y, cosa rara, comprobamos que llovía... y nosotros que volamos a las islas en busca de un sol estival. Total que el aguacero nos permitió observar una pequeña tara en nuestro pequeño vehículo: no funcionaba uno de los limpiaparabrisas... el del conductor.
Un cuarto de hora después, a bordo de un Opel Corsa parco en potencia, nos dirigíamos a Santa Cruz de Tenerife. Error. Comprobamos al llegar la calle Venezuela que allí no había ni hotel ni playa. En nuestra habilidad de turistas ignorantes, habíamos introducido esta dirección en el GPS... sin tener en cuenta de que el municipio al que debíamos dirigirnos era Puerto de la Cruz. Reconozco la culpabilidad absoluta de una metida de gamba que no la comete ni Mr. Bean.
Un aguacero (menos mal que ya iba el limpiaparabrisas) y 50 kilómetros después, llegábamos a nuestro destino, el Hotel Beatriz Atlantis. Cerca de las 16 horas, mientras realizábamos el check in solicitamos desesperados algo de comer. "Disculpe, pero la cocina ya está cerrada. Si quieren pueden pedir un sandwich frío en cafetería. Al final de la calle hay una pizzería". Me exaspera la amabilidad del personal de los hoteles cuando te clavan un cuchillo en el riñón para cobrar el agua a precio de oro o denegar algún servicio. No conceden la coartada para acordarse de toda su familia. Nos negamos a pagar un pastón por un puto sandwich de vete a saber qué. El italiano que nos recomendaron resultó tener más calidad de la esperada.
Por si el lector aún no lo había percibido, nos encontrábamos en Tenerife, el caribe español... y llovía. Como tener que ponerse un anorak en el infierno. Me tuve que calar hasta los huesos para ir a por agua a un supermercado... otra ironía del destino. Y luego no probé bocado en la cena gracias a un maldito refresco de grosella que engullí de regreso al hotel. Mejor, así tardé más en aborrecer el repugnante buffet.
Consejo gratis: jamás pidáis pensión completa en un hotel. Parece más barato, pero si estás más de dos días acabas negándote a comer siempre la misma comida recalentada, expuesta para que una horda de jubilados y turistas alemanes buceen en las bandejas eligiendo la mejor porción.
Hablando de germanos. No podría dejar pasar la ocasión de contar la aventura en el ascensor con la pareja de alemanes. Para ser más precisos, unos señores de avanzada edad, con los que nos quedamos atrapados en el ascensor. Recuerdo ser empujado por una fuerza monstruosa nada más pararse el elevador. Era la señora, que histérica se había erigido en nuestra salvadora. Bueno, lo intentó tocando todos los botones, de los cuales me había apartado sin la menor consideración.
Desde fuera nos tranquilizaban. Maggie y yo nos reíamos, y los señores nos miraban con cara de flipados. 'English?', le pregunté al hombre. Ni pruna. Un cuarto de hora después, salíamos del habitáculo rojos como tomates y empapados en sudor. Juro que no organizamos una orgía, por los malpensados. 'Podrían tenerlo en cuenta en la factura', bromeé a medias cuando contamos nuestra aventura en la recepción. 'Les ha salido la sauna gratis', replicó el empleado con la misma amabilidad del primer día. No reproduciré aquí lo que opiné para mis adentros sobre su progenitora, la meretriz.
Para ser justos, no podemos tampoco quejarnos de nuestra estancia en el Hotel Beatriz Atlantis. La habitación estaba muy bien, con vistas al mar... eso sí, y ya no es defecto exclusivo de este alojamiento: ¿Por qué resulta tan complicado hallar una cama de matrimonio cuando se sale en pareja? ¿Por qué las habitaciones dobles, en el 90% de los casos, ofrecen catres individuales que convierten en incómodo el legítimo derecho de dormir acurrucados como tortolitos?
Recomendamos Garachico, sus piscinas naturales y un mesón del centro del pueblo donde se come de lujo. También resulta divertido pasar un día en el Loro Parque, y sobre todo hay que disfrutar de las playas. Decía que el viaje fue precipitado, y por eso nosotros nos fuimos al norte de la isla.
Allí pudimos contemplar y disfrutar de las playas de arena volcánica y cenar en un acantilado. Degustamos el mojito canario (una delicia) y, como no, el mojo picón. Pero cuando la climatología se vuelve adversa, es el norte de la isla el primero que lo padece. Prácticamente todos los días tuvimos bastantes horas presididas por las nubes.
Nos comentaron de regreso a Valencia, que para ir como turista a Tenerife, mejor el sur: más sol y playas con arena amarilla. Nos quedaron muchas cosas que ver, como el Teide, a cuyo cráter sólo entran 200 personas al día por su condición de reserva natural. Preferimos ahorrar los 25 euros del telesférico para la próxima vez. Porque regresamos con ganas de volver... y si la vida nos lo permite, regresaremos.
El día que nos despedimos de las islas Canarias, hacía un sol veraniego. Fueron 90 kilómetros de morriña y desencanto. Nuestras vacaciones, las primeras de casados, las de nuestras vidas, se acababan justo cuando la climatología nos iba a regalar el día soleado de verano caribeño que anduvimos buscando una semana. A estas alturas, quien nos conozca y no sepa el giro inesperado que dio nuestra luna de miel, estará flipando. ¿Pero no os íbais a Riviera Maya? ¿Y qué hacíais en Tenerife? Esa es otra historia que requiere, al menos, un capítulo.
jueves, 30 de septiembre de 2010
El viaje de nuestras vidas. Prólogo: El laberinto del consumismo
Habíamos dejado atrás ese túnel de cinco carriles que hace de ronda de Madrid. Una obra faraónica por la que cada día transitan miles de vehículos. Curiosamente, no nos equivocamos y hallamos a la primera nuestra salida: Valencia, A-3. Menos mal, nos habría tocado dar toda la vuelta subterránea a la capital, sin edificios, sin paisaje que admirar.
Cuando pasamos a su lado, un imán nos atrajo. A la altura de Vallecas, algo nos llamó la atención: ¿Y si paramos? Maggie responde como un resorte a mi pregunta: Por mí, bien. Nos toca tomar el primer cambio de sentido.
Debo dar fe que, cuanto más grande sea la ciudad, más posibilidades hay de encontrar conductores maleducados. Me hallé en una encrucijada: frenaba un carril de acceso a la autopista porque no me dejaban tomar el de la derecha, el que necesitaba para acceder al laberinto del consumismo.
El vehículo que me seguía hacía las largas desesperado, y los conductores de la derecha, aceleraban para no dejarme pasar. Posiblemente buscaban la pole para el Gran Premio de su puñetera casa. Al tercero, respiré hondo y di un volantazo. Ya estaba en la derecha, pagando como peaje un tono de claxon y, a buen seguro, unas palabrejas nada amistosas. Agradecí al buen señor tanta delicadeza con un saludo, alzando mi brazo derecho con el dedo corazón bien erguido.
Después de un cambio de sentido y alguna maldición más, llegamos. Ikea. El paraíso de cualquier afcionado a la decoración. Maggie, llamarla mi mujer se me hace aún raro y asquerosamente posesivo, permaneció entusiasmada las siguientes tres horas. Yo debo reconocer que durante la primera, me lo pasé bien.
Hay absolutamente de todo. Muebles grandes y pequeños, utensilios, cuadros... cualquier cosa que alguien se pueda imaginar. "Si no vamos a comprar nada, nos vamos", me dice Maggie al tercer: "Ya veremos más adelante, ahora no tenemos pasta".
Los malditos suecos lo han montado de lujo. Crean un monstruo rollo Cube, la peli en la que un grupo de tipos están encerrados en un enorme bloque y sólo pueden elegir una salida entre las seis paredes de una habitación: si no eligen la correcta, palman. Aquí no son tan drásticos, pero sólo se puede avanzar en una dirección.
Y claro está, ese pasillo señalizado con una flecha, no vayas a equivocarte, te muestra absolutamente toda la gama de productos de Ikea. A mitad de camino, como previendo lo que va a ocurrir, hay un establecimiento de comida rápida donde, evidentemente, 'picamos'. Y es que para entonces ya llevábamos un carro lleno de pequeños muebles y utensilios, esperemos, imprescindibles para nuestra existencia.
Otra hora después de comer me hallaba con las manos en el volante, ya definitivamente en la A-3, camino de Valencia. Habíamos gastado otros 200 euros en un centro comercial, y frenando al máximo nuestro mono consumista. Mientras consumíamos kilómetros y hablábamos por teléfono anocheció, y casi sin darnos cuenta, concluimos extenuados el viaje de nuestras vidas: el primero desde que nos casamos.
jueves, 5 de agosto de 2010
Los recuerdos del abuelo
Por eso se me hace complicado ir a visitar a mis abuelos. Por ello y porque habitualmente su conversación se limita a las quejas por los dolores de él y las sonrojantes presentaciones de ella ante todo residente que se cruza. Por esos derroteros transcurría el último encuentro. Maggie y yo conseguimos sacarles de una sala donde conviven con otra veintena de ancianos a los que la senectud, en muchos casos, ha borrado casi cualquier atisbo de cordura.
Mención aparte merece la señora que empezó a acosarnos después de preguntar. "¿Tengo que ir por ahí". Señalaba a la puerta de salida hacia la parcela. "Sí", me limité a decir. "¿Por ahí se va a mi casa?". "Sí", pensé mientras reflexionaba para mis adentros: "¡Diablos, señora! Si la puerta conduce a la calle, no va a salir hacia su casa por una ventana". Antes de querer unirse a nuestra visita, la mujer espetó: "¿Y tú cómo sabes dónde vivo yo?". Ya nos resultaba pesada, pero decidimos tajantemente darle esquinazo cuando empezó a seguirnos lanzando escupitajos a cada cinco pasos que daba.
En fin, una vez la sorteamos y después del preceptivo paso por el cuarto de baño por parte del abuelo, fuimos al paraíso... o lo más parecido a ello en una residencia donde viven decenas de ancianos con centenares de manías exclusivas de cada cual. A los míos no les gusta por la soledad, pero hallamos una salita solitaria, por la que sólo pasó una señora, a la cual, evidentemente, la abuela nos presentó.
Minutos después, el abuelo se desató. Ayer no estaba enfadado, como es habitual. Recordó todas las obras que ha hecho en el chalé de mis padres. "¿Has visto la chimenea de la calefacción? Esa la hizo tu abuelo y sin andamio... ¡No sé cómo me las apañé!". Y un cobertizo para la entrada de la salita, y varias casetas, los rodapiés de las jardineras... "¡Y sin embargo a mi casa no has venido a hacer nada!"
Llegados a este punto, el abuelo suele rascarse la cabeza después de inclinarla hacia abajo, fruncir el ceño y exclamar: "¡Anda, anda, anda! ¡Calla y no seas pesado! ¡Ya te he dicho que no voy a hacer nada!" Pero esta vez no. Se quedó mirando hacia el infinito, creo que los ojos le brillaron, no sé si se le hizo un nudo en la garganta, pero supongo que sí porque las palabras le brotaron de la boca con cierta dificultad: "Yo ya no puedo... ¡con lo que yo he hecho y ahora ya no puedo hacer nada!".
El abuelo estaba ayer contento. Hacía tiempo que no me veía. Por mucho que lo niegue, él es del Madrid y yo del Barça... pero el fútbol nos unió. Vimos muchos partidos de sábado noche juntos, y dimos innumerables paseos por los campos de chufas de alrededor de su casa hasta llegar al campo del Levante. Lo descubrí hace unos meses: por eso ya soy más granota que culé. Sin saberlo, crecí alrededor de un club al que fui muchos años ajeno y con el que ahora vibro cada domingo mientras escribo las crónicas de sus partidos.
Y como estaba contento, volvamos al tema, el abuelo contó que nunca le había faltado trabajo como gañán, pastor o en la construcción. Recordó las interminables jornadas laborales de siega bajo el sol toledano, y las veces que arriesgó su vida en la obra de alguna finca que todavía sigue en pie en Valencia.
Habló de las veces que comió patatas asadas y del compañero que cayó de un andamio al vacío y no se rompió la crisma porque un tablón se cruzó en el viaje hacia el infinito. Las batallitas del abuelo, esas que darían para escribir un libro, o dos o tres. Lo contó con nostalgia pero con simpatía. Me descubrí a mí mismo embelesado, atendiendo sin mirar al reloj, que para ese momento ya había avanzado más de lo deseado. Los quehaceres me rescataron del improvisado paraíso.
Minutos después, los abuelos estaban otra vez en la concurrida sala. Por suerte, ni rastro de la señora de los escupitajos. "Llevad cuidado con el coche", se despidió el abuelo, que para los que no lo sepáis, se llama Asunción. Sí, no me equivoco, Asunción. Y ella, Amparo, nos acompañó, como siempre, casi hasta la puerta, agitando la mano derecha hasta que nos perdió de vista. Por primera vez, se me hizo difícil marcharme de la residencia.
viernes, 2 de octubre de 2009
El valor de una sonrisa
Ocurrió hace algunos días. En su momento me conmovió, luego pensé que era una chorrada, demasiado incluso para que apareciese en este espacio. Pero hoy no he podido resistirme a dedicar unos minutos a contaros esta fugaz anécdota.
Iba con prisa, como siempre. Me dirigía al Mandor, a mi sitio, a nuestro espacio, al lugar que me ha absorbido durante todo el mes de septiembre. Dos bolitas blancas que avanzan despacio amenazan con intermponerse en mi camino.
Las veo de reojo. Me da el tiempo suficiente para pasar sin aplastarlas. O no. Dudo un instante. El tiempo se para, contengo la respiración, pero el coche avanza. Durante unas décimas de segundo, dudo entre chafar a fondo el acelerador o frenar, entre parar o dejarme llevar y que se detengan ellos.
Decido lo primero. Muevo la palanca y dejo el coche en punto muerto. Piso el freno. El vehículo se detiene como si lo hubiesen fulminado y yo noto como mis músculos de la cara empiezan a contraerse mientras mi cerebro genera fórmulas de hastío y contrariedad.
No les puedo poner nombre ni reconstruir su vida, ni siquiera conozco su edad. Son mayores, ambos han sobrepasado las ocho décadas. Caminan por el paso de cebra, ajenos a lo que había ocurrido dentro de mi coche y a mis pensamientos.
Cruzan la calle despacito pero sin pausa, cogidos del brazo, cumpliendo el voto que hicieron hace ya muchos años, cuando prometieron que estarían juntos para siempre. Por un instante nuestras existencias se han cruzado, quizás para no encontrarse nunca más. Eso creía yo.
No los he vuelto a ver. Sólo fue un instante más. Un regreso al pasado inmediato, a los recuerdos que ni siquiera los peces con su fugaz memoria habrían podido aún resetear. Iba a meter primera y a acelerar cuando el tiempo volvió a pararse.
No pararon, ni separaron sus brazos, pero el señor giró el cuello con un movimiento ágil, quizás el único que le queda. Entre el pelo blanco de su poblada cabellera y de su gracioso bigote, el anciano guarda una simpatía perceptible en un instante fugaz como aquel en el que nos encontramos.
Pero lo que me conmovió, me dio un latigazo en el estómago y me generó un nudo en la garganta fue su sonrisa mientras asentía. Concisa, sincera, llena de amabilidad y de gratitud. Fue apenas un segundo. Luego se giró y prosiguió su camino hacia L'Eliana.
Me sentí pagado, correspondido. Ingoro, en caso de no haber parado, si la veterana pareja me habría maldecido. Lo importante es que decidí parar y descubrí en la sonrisa de aquel anciano que el mundo sería mejor si todos fuésemos más cívicos y amables. Ese señor no sabe que su simple gesto de gratitud tuvo para mí un valor incalculable.
jueves, 17 de septiembre de 2009
El gordito asmático
Hablamos de un menor, cuya identidad debe ser protegida y hay que huir de la discriminación negativa porque pedagógicamente "no mola". Empecemos de cero.
Hoy voy a hablaros de un chico, fan acérrimo de los bollycaos, cualquier otro bollo que tenga chocolate, el propio cacao a palo seco y todo tipo de chucherías sintéticas. Aquel chavalote entrado en carnes padecía asma, o al menos eso decía.
Me remonto a mi efímera etapa como maestro, para ser más precisos, docente en prácticas. Aquel chaval de cuarto de Primaria tenía un deporte preferido: destrozar las clases de Educación Física.
Cuando tocaba calentar, es decir, hacer carrera continua, a nuestro simpático gordito le entraba el ataque de asma de tal envergadura que a uno le entraban ganas de llamar al SAMU.
Magia de la buena, pues en cuanto se repartían las pelotas, los discos, los aros o cualquier utensilio para realizar juegos, la crisis alérgica se le disipaba en un santiamén. El proceso se repitió varios días: primero el jodido crío se negaba a correr y luego machacaba la clase para desesperación de los maestros y del resto de los chavales, corriendo como un poseso para interponerse en los ejercicios de sus compañeros.
Un día, a la profesora, una joven casi recién salida de la Facultad, se le ocurrió una brilante idea. Lejos de ejecutarlo colgándolo de una canasta como yo propuse pese al riesgo evidente de que esta se cayese, la docente obligó a nuestro asmático circunstancial a correr. "Fulanito, tú lo que tienes es mucho cuento".
La historia acabaría aquí de no ser porque al día siguiente, una señora, de esas que se pirran por el tocino y la longaniza, llegó al colegio preguntándo por la profesora. La amable mujer juró en arameo lo que haría si a su cebado miniyó le llegaba a ocurrir algo porque la maestra le obligase a correr.
La señora no se interesó sobre el comportamiento del pequeño diablejo. Sólo le interesaba cargar contra la profesora que había osado plantar cara al chico. Es una cuestión de educación, la misma que ha llevado a que los docentes sufran agresiones de los padres o de los propios alumnos.
Seré breve por las horas. No podía esperar para escribir esto porque hace unas horas, en la mañana, escuché hablar en la Cadena Ser a un chaval de 25 años que tiene más razón que un santo. El tipo me cayó bien porque reconoció ante toda España que hace botellón, que acaba de terminar Derecho y que es un músico al que le pirra el heavy.
Pero luego habló del conformismo de una generación que no hemos vivido ni la guerra civil ni los convulsos años de después. Esa primera quinta de clase media sin complicaciones hasta los 40 empieza a procrear. Unos por desconocimiento y otros porque su jornada de mileuristas se lo impide, muchos sólo son padres porque han pegado un polvo sin condón de por medio.
Somos conformistas, queremos nuestro sueldo para tener casa, coche y vacaciones, cine, cena y copas... y el resto nos da igual. Los padres de hoy día quieren que a sus hijos no les tosa nadie, que se hagan de valer, que nadie les pise... y el resto que lo solucionen los políticos si pueden.
Pocos quieren cambiar la realidad, la lectura entre los más jóvenes es una actividad demasiado residual. El simpático heavy contaba que a una asignatura optativa, en la que con ir a clase y participar en debates se podía aprobar, el 80% de la clase optó por la empollada del examen final.
Ahora vengo de cenar y charrar hasta altas horas con unos compañeros de trabajo. Hemos hablado de nuestro periódico. Hemos compartido un rato agradable.
Mis padres me enseñaron a respetar a todos, a intentar llevarme bien con los que me rodean y a aprender de lo que digan. Hoy voy a dormir poco, pero creo que he cumplido ese objetivo. Pienso que forma parte de mi educación.
Por eso me saca de mis casillas ver la poca ilusión de los aspirantes a periodistas que llegan a las redacciones sin hambre, deseando acabar para regresar a los cafés de Facultad, los apuntes fotocopiados y el polvo ocasional con la compañera que se los ha prestado.
Mientras papá y mamá se están dejando los cuernos para darles de todo, ellos no han aprendido de esa primera generación apoltronada en la clase media, conformistas para lo que quieren y reivindicativos para lo que no toca. Ojalá los futuros padres eduquemos mejor y, sobre todo, que nos dejemos educar. No quiero que mi hijo sea el gordito revientaclases, y si lo es, no pienso defenderlo.
miércoles, 29 de julio de 2009
El extraño lago
El agua tenía un sabor extraño y no estaba demasiado fresca. Pese a ello, el líquido hizo efecto al empezar a fluir por su aparato digestivo. Notaba cómo volvían las fuerzas y desaparecía el calor... y entonces, todo cambió.
Una ola brutal la pilló por sorpresa. Un instante después estaba en medio de aquel lago. Vio una sombra enorme pasar por debajo de ella a gran velocidad. Empezó a mover sus extremidades, intentando escapar de aquella trampa mortal.
El monstruo emergió del agua. Se sintió observada por sus dos ojos marrones, también enormes. Cada uno de los dos siniestros luceros duplicaba su tamaño. Estaba a merced de aquella bestia. "No puedo defenderme. Que lo haga rápido", pensó.
Contra pronóstico, el monstruo se dio la vuelta y se marchó. Daba igual. La muerte sería más siniestra. Seguro que el macabro ser iba a someterla a aquella tortura para luego devorarla sin riesgo de que ella le agrediese en un último y desesperado intento por huir. Las fuerzas se iban extinguiendo. El agua que antes la había reconfortado empezaba a penetrar por su cuerpo. En pocos minutos estaría encharcada y moriría. Pese a ello seguía agitándose, nadando de forma patética tratando de llegar a una orilla que veía demasiado lejos.
Empezaba a perder el sentido cuando una fuerza sobrenatural la alzó. No sabía si estaba soñando, pero un instante después vio el lago a su lado, a pocos pasos de ella. Empapada pero a salvo. No dormía, era real: algo la había sacado del extraño lago. Empezó a caminar y, de repente, se quedó petrificada.
Su visión era borrosa pero percibió cómo el monstruo la observaba fijamente. Empezó a frotarse la cara hasta que focalizó su mirada. El enorme ser seguía observándola pero en sus dos ojos no percibió ni un ápice de maldad.
Intercambiaron la mirada unos instantes hasta que aquella mole volvió a zambullirse en el lago. Cuando estuvo seca, decidió remplender su camino. El día de trabajo iba a ser largo. Cuando volvió la mirada atrás vio que monstruo salía del lago y caminaba por tierra firme. No volvió a darle las gracias.
Este lance ocurrió a principio del día de ayer, cuando me preparaba para un largo día laboral. He querido novelar mi pequeño acto de heroicidad a salvar la vida a una abeja, un noble y trabajador animal que no podía permitir que muriese ahogado en mi piscina si yo podía hacer algo para evitarlo.

