martes, 17 de agosto de 2010

Desconectar en vacaciones

Lo reconozco. Me cuesta una barbaridad desconectar. A mitad de tarde, he llamado al periódico vendiendo un tema. Normal, con el coñazo que nos estaba dando la florista. Que si algunas mujeres son muy tontas porque putean a sus maridos. Que si hay que quererse y tener el hogar familiar como un coto cerrado. Una disertación manida y añeja que no merece más comentarios a pesar de la buena intención de la señora.
"Dentro de una semana ya no te vas ni a acordar de nosotros", me comentaba mi jefe. No tanto, pero sí deseo olvidar el día a día de una actualidad deportiva que engulle gran parte de mi existencia. El despertar ya no fue el deseado. Un técnico del aire acondicionado en casa de mis padres hizo las veces de la alarma que me negué a activar la madrugada anterior.
Las 10.30 horas... temprano para ser el primer día de vacaciones. A lo largo de la mañana me he descubierto a mí mismo consultando la web oficial del Levante, enlazando una noticia mía al Facebook y elaborando listas en Twitter. Me ha faltado llamar a alguien a ver si me contaba algo para escribir un reportaje.
He logrado hacer un par de llamadas referentes a la boda, alguna otra sobre aspectos diversos y mirar algo por internet. A la tarde, por fin, Maggie y yo hemos podido dedicar tiempo a nosotros mismos. Pero ya os digo, para ejemplo la anécdota de la florista. ¿Padeceré alguna enfermedad? ¿Os cuesta tanto a todos desconectar de vuestro trabajo? ¿O es que a mí me gusta demasiado la profesión con la que he elegido ganarme el pan?
Lanzo esta pregunta mientras me marcho a descansar con la satisfacción de haber encontrado otros compañeros de brisca: Lola y Andreu. Ya lo contaré porque el jueguecito merece otro post. Espero tener desde el 12 de septiembre (se acerca, ¡qué vértigo y qué alegría!) más tiempo para que mis miradas al Mandor se conviertan en un ejercicio que lleve a cabo con mayor asiduidad.

jueves, 5 de agosto de 2010

Los recuerdos del abuelo

Uno siempre pasa sus mejores momentos cuando menos se lo espera y en los lugares donde jamás imaginó que estaría a gusto. Suelo decir que dentro de unas décadas, cuando sea viejecito, el pelo haya dejado ya de clarearse y apenas pueda andar, me quedaré en mi casa esperando con paciencia el fin de mis tiempos. Con esa fecha, espero, todavía lejana, me dan una alergia incontrolable las residencias de ancianos. Casi tanta como los hospitales.
Por eso se me hace complicado ir a visitar a mis abuelos. Por ello y porque habitualmente su conversación se limita a las quejas por los dolores de él y las sonrojantes presentaciones de ella ante todo residente que se cruza. Por esos derroteros transcurría el último encuentro. Maggie y yo conseguimos sacarles de una sala donde conviven con otra veintena de ancianos a los que la senectud, en muchos casos, ha borrado casi cualquier atisbo de cordura.
Mención aparte merece la señora que empezó a acosarnos después de preguntar. "¿Tengo que ir por ahí". Señalaba a la puerta de salida hacia la parcela. "Sí", me limité a decir. "¿Por ahí se va a mi casa?". "Sí", pensé mientras reflexionaba para mis adentros: "¡Diablos, señora! Si la puerta conduce a la calle, no va a salir hacia su casa por una ventana". Antes de querer unirse a nuestra visita, la mujer espetó: "¿Y tú cómo sabes dónde vivo yo?". Ya nos resultaba pesada, pero decidimos tajantemente darle esquinazo cuando empezó a seguirnos lanzando escupitajos a cada cinco pasos que daba.
En fin, una vez la sorteamos y después del preceptivo paso por el cuarto de baño por parte del abuelo, fuimos al paraíso... o lo más parecido a ello en una residencia donde viven decenas de ancianos con centenares de manías exclusivas de cada cual. A los míos no les gusta por la soledad, pero hallamos una salita solitaria, por la que sólo pasó una señora, a la cual, evidentemente, la abuela nos presentó.
Minutos después, el abuelo se desató. Ayer no estaba enfadado, como es habitual. Recordó todas las obras que ha hecho en el chalé de mis padres. "¿Has visto la chimenea de la calefacción? Esa la hizo tu abuelo y sin andamio... ¡No sé cómo me las apañé!". Y un cobertizo para la entrada de la salita, y varias casetas, los rodapiés de las jardineras... "¡Y sin embargo a mi casa no has venido a hacer nada!"
Llegados a este punto, el abuelo suele rascarse la cabeza después de inclinarla hacia abajo, fruncir el ceño y exclamar: "¡Anda, anda, anda! ¡Calla y no seas pesado! ¡Ya te he dicho que no voy a hacer nada!" Pero esta vez no. Se quedó mirando hacia el infinito, creo que los ojos le brillaron, no sé si se le hizo un nudo en la garganta, pero supongo que sí porque las palabras le brotaron de la boca con cierta dificultad: "Yo ya no puedo... ¡con lo que yo he hecho y ahora ya no puedo hacer nada!".
El abuelo estaba ayer contento. Hacía tiempo que no me veía. Por mucho que lo niegue, él es del Madrid y yo del Barça... pero el fútbol nos unió. Vimos muchos partidos de sábado noche juntos, y dimos innumerables paseos por los campos de chufas de alrededor de su casa hasta llegar al campo del Levante. Lo descubrí hace unos meses: por eso ya soy más granota que culé. Sin saberlo, crecí alrededor de un club al que fui muchos años ajeno y con el que ahora vibro cada domingo mientras escribo las crónicas de sus partidos.
Y como estaba contento, volvamos al tema, el abuelo contó que nunca le había faltado trabajo como gañán, pastor o en la construcción. Recordó las interminables jornadas laborales de siega bajo el sol toledano, y las veces que arriesgó su vida en la obra de alguna finca que todavía sigue en pie en Valencia.
Habló de las veces que comió patatas asadas y del compañero que cayó de un andamio al vacío y no se rompió la crisma porque un tablón se cruzó en el viaje hacia el infinito. Las batallitas del abuelo, esas que darían para escribir un libro, o dos o tres. Lo contó con nostalgia pero con simpatía. Me descubrí a mí mismo embelesado, atendiendo sin mirar al reloj, que para ese momento ya había avanzado más de lo deseado. Los quehaceres me rescataron del improvisado paraíso.
Minutos después, los abuelos estaban otra vez en la concurrida sala. Por suerte, ni rastro de la señora de los escupitajos. "Llevad cuidado con el coche", se despidió el abuelo, que para los que no lo sepáis, se llama Asunción. Sí, no me equivoco, Asunción. Y ella, Amparo, nos acompañó, como siempre, casi hasta la puerta, agitando la mano derecha hasta que nos perdió de vista. Por primera vez, se me hizo difícil marcharme de la residencia.

sábado, 10 de julio de 2010

El Mundial de los pulpos y las tetas

Ya resulta complicado convencer a los ateos de esa religión denominada fútbol de que un partido merezca paralizar el mundo, y más con la que está cayendo. Parecía que no podíamos ir más lejos, pero Paul lo ha conseguido. El pulpo pitoniso ha logrado acaparar la atención de las televisiones y las radios de todo el mundo. Figura como lo más visto de cientos de webs de noticias y estará en la portada o en la contra de los principales diarios.
Las redes sociales, principalmente Facebook y Twitter se rinden al cefalópodo que triunfa como adivino. Tanto que le han salido competidores. Horas después de que hiciese público su pronóstico, Maradona, en este caso un pulpo afincado en Turquía también predijo que el Mundial de Sudáfrica coronará a la selección española. Por llevar la contraria, un periquito ha vaticinado el triunfo holandés.
Para seguir volviéndonos locos, unos empresarios, esos que cuantifican de forma minuciosa lo que ellos llaman el coste de oportunidad, han ofrecido 30.000 euros por Paul. Se trata de una asociación de Orense que quiere promocionar, con el héroe de la hinchada española como imagen, sus jornadas, adivinen, sobre el pulpo. Vamos, que si el animalico se equivoca en lo del domingo y ya ha viajado hasta Galicia, el lunes nos lo encontramos troceadito y recubierto de perejil en medio de una sartén.
Mérito no le falta al pulpito de marras (el Maradona con tentáculos y el pajarraco me parecen personajes secundarios, meros oportunistas), pues ha conseguido que nos olvidemos de las glándulas mamarias de la Riquelme. La modelo paraguaya, tras promocionarse en una impecable campaña de marketing durante los partidos de su selección, cumplió su promesa de quedarse como vino al mundo. Larissa encabezó las listas de lo más visto durante unas horas, hasta que Paul predijo con acierto que España se cargaba a Alemania en semifinales.
Lo del cefalópodo adivino no es cosa de un día. Larissa, una vez despelotada, ha perdido el interés salvo para quienes gozan de sus encantos cada noche después de hacer un doble click sobre una carpeta oculta. Bobbi Eden trató de sustituirla. La actriz porno holandesa, cuyas domingas ya están más que vistas, ha cautivado al personal con otros encantos de su fisionomía, una parte de su cuerpo que emplea para nutrirse y hablar... entre otras cosas.
La chica prometió un OJ, 'oral job'... vamos, una mamada, a todos sus seguidores de Twitter en el caso de que Holanda gane el Mundial. Menos mal que cuenta con la ayuda de otras tres porn stars para tan ardua tarea. A estas horas, Bobbi Eden tiene más de 96.000 seguidores, lo que supone que cada actriz sale a 24.000 felaciones. Me sé de cuatro que acaban con tendinitis de lengua y rotura de los ligamentos de la mandíbula.
Pero ni así han podido con Paul, cuyo sacrificio se limita a elegir entre dos ostras. Él ha decidido el destino. Considera que España gana el Mundial. El de Sudáfrica, el de los pulpos y el de las tetas. Con la crisis que está cayendo, nos preocupamos de unas cosas... y no me refiero al fútbol.

jueves, 8 de julio de 2010

El poder unificador del fútbol

Han tenido que pasar muchos años, siglos diría yo, para que este país, o estado, o como diablos queramos llamarlo, proclame al unísono su orgullo de ser español. A regañadientes o a voz en grito, no creo que haya nadie que deje de sacar pecho. Así ha ocurrido, como por arte de magia, cuando un señor de negro ha accionado tres veces su silbato.
'Visca España'. Lo he leído esta misma noche en la web del periódico 'As'. Acertado, conciliador y definitorio. El titular no podía estar mejor manejado. Esta mañana, un compañero de trabajo me comentaba que le gusta más ver el fútbol de selecciones que el de clubes.
Hasta ahora, yo siempre he definido que prefería ver al Barça ganar la Champions o al Levante ascender a Primera. Quizás siga siendo así, pero he de reconocer que disfruto viendo a la roja. Y cada día me gusta más ver a futbolistas que se baten para defender los colores de su selección y no por los euros que les da el club que les paga.
Casillas y Ramos dejan de ser los enemigos de los culés para convertirse en dos héroes más. Lo mismo ocurre con los Xavi, Iniesta, Busi o Puyol en el caso de los madridistas. Si el término compatriota te suena épocas rancias y peores, llámalo compañero de ilusiones. Después de este Mundial, seguiré autoproclamándome valenciano. Pero ahora entiendo lo que siente media Europa y toda América cuando ven salir al campo a un equipo que tienen como suyo, un combinado que reune lo mejor de cada casa.
Jamás he querido mezclar el deporte con el fútbol y hoy tampoco lo voy a hacer. Mi reflexión va a un hecho palpable: algo llamado España ha sido capaz de unirnos a todos durante un mes. Sin más consideraciones. Sin rencores ni reticencias. Con normalidad. Disfrutando de unos chavales que hablan el mismo idioma y que son los mejores del mundo en su profesión. Como cuando vemos a Nadal, a Contador o a Alonso. Por mucho que a algunos les pese, el deporte es cultura. Un hecho sociológico que ha paralizado la vida en más de 500.000 kilómetros cuadrados y ha generado una ilusión entre todos los castellano hablantes de la Península Ibérica.