jueves, 18 de abril de 2019

El muñeco

Hace muchos años, ya más de 30, yo era sólo un niño. Mis grandes preocupaciones eran que no me gustaban los alimentos del comedor escolar y tener la baratija de moda en el patio del cole. Recuerdo que una época nos dio por las peonzas y que en otra fue un exitazo la mano loca: una especie de gelatina elástica y pegajosa con la que podías atrapar papeles y otros objetos de poco peso. Una guarrada que se llenaba de porquería. 
A mí me encantaba que llegasen los sábados. Mis padres me llevaban a la iglesia, donde desde niño hice buenas migas con Pablo, con quien hoy mantengo aún una gran amistad. También me gustaba ayudar al señor que coordinaba el mantenimiento y otras labores de organización del local. Así, simplificado para los no iniciados y el primer diácono para los que saben de lo que hablo. Al señor Cremades, así le conocíamos todos. Un gran hombre. 
Cuando casi todos se habían ido, incluso mi amigo Pablo, él seguía ordenando y recogiendo cosas. Mientras mis padres ensayaban en el coro, yo iba de un lado a otro con él, charlando y ayudándole en lo que puede un niño de 6 u 8 años. “Eres mi mejor diácono”, me decía con una sonrisa amable, ignorando yo entonces que tenía un puñado de hombres y mujeres a su cargo que ya habían colaborado durante toda la mañana. 
Un día, mientras recogíamos libros, le hablé de uno de mis caprichos de niño: unos playmovil que llevaban un coche de carreras. Se lo había pedido a mis padres que, justos como andaban económicamente, me respondieron que igual si se lo pedía a los Reyes... me lo trajeron, pero quizás esa sea otra historia. 
Mi conversación con el señor Cremades se quedó ahí. O eso pensaba yo. Al sábado siguiente, cuando estaba a punto de irme a casa después de ayudarle, sacó un paquete de la nada: “Mira a ver si esto es lo que querías”. Rasgué el papel y dentro había un muñeco. No era de la marca Playmovil, ni iba con un coche: era una especie de mutante, medio hombre medio dragón, con cara de malo y una espada. Aún debe rondar en alguna caja de juguetes en casa de mis padres. “Si, era esto. Muchas gracias, señor Cremades”, le respondí, en una mentira piadosa con el único objetivo de no despreciar el regalo. “Bueno, me alegro... pero a mí no me gustan ese tipo de juguetes”, me contestó. 
El señor Cremades era un hombre bueno. Cristiano, fiel a sus creencias, pacifista, bondadoso, trabajador... llevaba una nutrición equilibrada y no había consumido una gota de alcohol en su vida. Pero falleció de cáncer de hígado. Recuerdo el día en que me lo dijo mi madre. Fue la primera vez en la vida en la que fui consciente de que existe la muerte y que me causó tristeza. 
Por eso odio y temo tanto al cáncer. Porque es un puto traicionero, que no avisa y que se lleva a personas que no lo merecen, como el señor Cremades. El otro día, reflexionando sobre ello, encontré en mi niñez ese asco tan grande que siento por esa enfermedad. Y como dicen los amigos de Correliana como slogan para promocionar su carrera, “el cáncer es cosa de todos”.
Sé que si existe un paraíso, ahora o en el futuro, el señor Cremades estará ahí. Pero creo firmemente que el ser humano debe investigar sin descanso para lograr que esa lacra no se lleve antes de tiempo a más personas buenas. Por eso vinculé el Reto Vías Verdes, mi sencillo desafío personal de running con la recaudación a favor de esa cruzada. ¿Me ayudas? Puedes donar en este enlace: http://www.miretocontraelcancer.aecc.es/reto/reto-vias-verdes

miércoles, 19 de septiembre de 2018

Historias de L’Eliana (IV): El balón



Han sido estas unas vacaciones atípicas. Quizás por ello aquella tarde anduviese algo melancólico. Paseaba por L’Eliana sin rumbo fijo. Pensaba en mis objetivos para el nuevo curso y en uno que me vengo marcando sin demasiado éxito en los últimos años: reactivar ‘Con Vistas al Mandor’. Un objeto aparentemente abandonado en medio de una calle me inspiró. Pero como he dicho estas han sido unas vacaciones atípicas tras un año extraño, y no he conseguido sentarme a escribir hasta alejarme muchos kilómetros del Mandor.
Pero bueno, a lo que iba. Al ver aquel balón quieto, aparentemente olvidado, pensé en cómo ha cambiado el mundo. En mi niñez un balón no podía permanecer sobre el asfalto cinco segundos sin que un chaval lo patease. Ni siquiera en un penalti el lanzador podía garantizarse que no apareciese otro muchacho como una exhalación para ejecutarlo por sorpresa. Consumíamos los recreos y las tardes jugando a fútbol.
A veces sin balón. Recuerdo las pelotas que confeccionábamos a base de trozos de papel de aluminio. O las más elaboradas acabadas con fragmentos de materiales algo más blandos y recubiertas de un globo, que hasta botaban. Fueron un auténtico boom hasta que mi amigo Tonet apareció con el reglamentario de Italia 90. Por aquel entonces ya gobernábamos los partidos del comedor del colegio por nuestra condición de ‘mayores’, etiqueta que te capacitaba para confeccionar los equipos y decidir en las acciones polémicas. Nosotros, que habíamos sufrido antes a los ‘mayores’ de generaciones previas, disfrutamos de ese privilegio en 7º y 8º de EGB.
El balón de reglamento era un arma de poder. Hasta los más pequeños, si poseían uno, trataban de cuestionar la autoridad de los ‘mayores’ amenazando con llevárselo si no se accedía a sus condiciones. Se acostumbraba entrar entonces en una negociación amistosa (se le solían hacer al chaval promesas que luego sólo se cumplían en parte) u hostil (‘o jugamos o encalamos el balón’).
Años después, ya más mayor, me he ido muchas veces los sábados a las 15.30 recién comido para jugar una pachanga bajo un sol de justicia en pleno julio o agosto. Vamos, que no deberíamos rajar tan alegremente a Tebas por los horarios de este inicio de Liga. El poder seguía residiendo en el balón: su propietario marcaba con su llegada, por mucho que se retrasase, el momento del inicio del partido.
Por todos estos pensamientos me produjo cierto desasosiego observar ese preciado objeto de cuero abandonado en medio de una calle. Empecé a barruntar que su dueño quizás lo había dejado ahí tirado para practicar otro fútbol, el de mando y pantalla. Que si las nuevas generaciones cada vez pisan menos calle para apoltronarse en el sofá, que si nuestra niñez era más saludable…
Hasta que giré la cabeza ante un coro de risas infantiles. Allí estaban un grupo de chavales de unos diez años, de merendola celebrando el cumpleaños de uno de ellos. Entendí que habían parado el partido para engullir unos sándwiches de Nocilla (o quizás, hoy en día, Nutella) o jamón york bañados en Fanta naranja. Que en un rato los muchachos volverían a correr detrás de ese objeto redondo. Que el poder de convocatoria de un balón, se pongan como se pongan los fabricantes de videoconsolas, sigue intacto. Aún hay esperanza.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Chau Mei

La era de la conectividad nos permite saber qué es casi cualquier cosa en unos segundos. Los que tardamos en teclear a golpe de pulgar en nuestro teléfono móvil. En aquella mañana lluviosa se nos planteó una duda: ¿Qué era eso de Chau Mei? Con una sonrisa, en cuanto aparcamos y nos pusimos a salvo del aguacero, saqué del bolsillo mi iPhone y rastreé. ‘Chau Mei no es nada’, me dijo el sabelotodo Google. A cambio me ofrecía centenares de entradas sobre el ‘Chou Mei’.
El chau mei es uno de esos platos que tanto agradan a mis amigos defensores de la comida oriental. Si buscas en internet se encuentran recetas de chou mei con vegetales, pollo o frutos del mar, eufemismo empleado para referirse al surtido de mariscos. Hay blogs, como este o con muchas más visitas, que detallan cómo elaborarlo en casa y trucos para servirlo como si fuera un plato de restaurante. Se pueden hallar hasta consejos sobre qué fideos elegir.
Porque, cierto, he dado por supuesto que todos sabéis que el chow mei es pasta china, con su salsa característica muy sabrosa pero que no sabes qué lleva, mezclada con cosas. Vamos la variante oriental de la pasta italiana o de los espaguetis con tomate y queso de toda la vida. Yo particularmente me quedo con cualquiera de estas dos opciones. La de cocer pasta en cinco minutos y mezclarla con salsa en brick es una de las soluciones de emergencia que uso muchas veces cuando voy con el tiempo justo para llegar a la hora convenida al trabajo.
Me gustan más mis espaguetis de emergencia que el chou mei, que he degustado cuando a regañadientes me han arrastrado a algún restaurante chino. Cada uno tiene sus gustos y entre los míos no está la cocina oriental. Por ejemplo, mi hermana antes se declaraba odiadora -hater le llaman ahora en la era global- de la paella, aunque creo que últimamente ha claudicado ante la evidencia de que ese plato valenciano -sí, valenciano y no el arroz con cosas que preparan en otros sitios- es una delicia. Ella y mi cuñado condenarían a la extinción las alcachofas, cuando yo las tengo por un tesoro. Por contra, yo me niego a devorar cualquier ser vivo con ojos. Me encantan las pizzas, mientras mi mujer sólo se lanzaría a por una tras varios días de diáspora por el Sahara.
Pero volvamos al principio, porque con tanta disertación casi había olvidado por qué me he puesto a escribir sobre el ‘chou mei’. No, desde luego era impensable que en Burriana algún alcalde hubiese tenido la genial idea de rotular una de sus principales calles con el nombre de un plato chino. Para eso, mejor llamarla avenida del ‘esmorsaret’ o de la paella. Tras un instante de duda, y después de constatarlo en la placa de la primera bocacalle, mi copiloto y yo nos echamos a reír. ‘Avenida Jaume I’. No íbamos a pedir que la voz artificial de Google Maps supiese quién es uno de los personajes más importantes de la historia de la Comunitat Valenciana. Tampoco podemos exigírselo al programador de la aplicación, que seguramente vive muy lejos del Mediterráneo y puede que coma mucho chou mei. Cosas de la era de la conectividad y la globalización.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Él y ella

Él ha sido taxista. Ella ama de casa. Él se jubiló pero ella no lo ha hecho nunca. Sale cada día con el carrito de la compra para que lo que haya en la mesa siempre sea fresco. Primero eran dos, luego tres y ahora vuelven a ser dos. Menos cuando su hijo come en casa. Ese día es fiesta para ambos. Ella elige los productos aún con más esmero y cocina con una alegría desbordada. En esas ocasiones, él volvía antes a casa con el taxi.
Tras la jubilación, él se apuntó al gimnasio. El que queda a unos cientos de pasos de casa. Ella ha ido cogiendo kilos y la mala circulación le ha hinchado las piernas, hasta el punto que parece llevar los zapatos embutidos en los pies. Pero sigue cogiendo el carrito de la compra cada mañana, venga o no su hijo a comer. Si era el caso, él no modificaba su rutina. Como siempre estaba en la puerta del recinto deportivo diez minutos antes de que abrieran y realizaba sus ejercicios, eso sí, con mayor alegría.
Pero como cada día, acababa también puntual, se duchaba y dejaba la bolsa de deporte en casa. “Me voy a por mi mujer, a ayudarla con la compra”, comentaba con algún vecino con una sonrisa. Ya hacía años que aparcó por última vez el taxi pero no había perdido la vitalidad. Lo único, sufría de la vista y eso motivaba que a veces le costase reconocer a la gente por la calle. Pero sabía los establecimientos que frecuenta su esposa. A la hora exacta a la que habían quedado, sin necesidad de whats apps ni llamadas de móvil, se encontraban en el lugar convenido. Al rato regresaban juntos a casa. Ella con el carrito, él guiándola con un brazo y con el periódico bajo el otro.
Así pasaron los años mientras ambos, él y ella avanzaban en la senectud. Él dejó el gimnasio, pero ella no aparcó el carrito. “Es que un día cogí frío y me asusté. ¡No tengo edad para coger una pulmonía!”, se excusaba él. Pero seguía yendo a diario a por ella. De lunes a viernes. Viniera el hijo a casa a comer o no. Si llovía, la agarraba más fuerte, no fuera a caerse. “Pero es que con la circulación que tiene necesita andar”, argumentaba. “Yo lo sé, pero no me apetece”, replicaba ella.
Desde hace algún tiempo, ella ya no sale sola de casa. Siguen yendo a comprar, pero juntos desde el primer instante. Un día tras otro van a los mismos sitios de siempre. El taxi es ya un recuerdo vago, el gimnasio una batallita de ascensor y el periódico, una costumbre cotidiana perdida para él. “¡Ay, hijo! Ahí vamos… tenemos muchos años. 87 acabo de cumplir”, comenta ella. “Yo… (duda un instante) yo también”, apunta él. “Tenemos que salir cada día a caminar, lo necesito para mi circulación. Podría ir con andador, pero yo prefiero mi carrito de la compra. Además, así se agarra él también y lo puedo controlar”, explica ella. Tras unos instantes de conversación vaga, lo mira de reojo y, cuando se cerciora de que él está ensimismado, gira la cara, realiza una mueca de tristeza e informa, en un tono más bajo: “Es que tiene alzheimer”.