domingo, 8 de enero de 2023

La Champions de mis libros de 2022

Esta es una de esas ideas locas que de vez en cuando se me ocurren. Entre las cosas buenas que me dio 2022 fue reencontrarme con la lectura. Nunca la he dejado, en realidad, pero durante demasiado tiempo mi bagaje se ha limitado a un par de obras por año. Eso y lo que obliga mi trabajo, que como muchos sabéis es de periodista, actualmente deportivo. Por una serie de casualidades he decidido y me han ayudado a hacer cambios en mi vida y uno de ellos fue apartar pasatiempos que no me aportaban nada para leer más. Ya empecé en 2021 y lo he aplicado mejor en 2022, con un resultado de 16 libros de narrativa.

La idea loca consiste en organizar durante una semana "La Champions de mis libros". En esta primera edición, y que pretendo organizar cada año si hay cierta participación, la intención es elegir el mejor libro que me haya leído este año. Para ello, os pido algo tan simple como que votéis en Instagram. El formato será de eliminatorias directas que estarán activas durante 24 horas. 

El primer sorteo será este lunes. Se configurarán los octavos y el día que se someterá a votación cada libro (lunes o martes). Los ganadores del lunes irán a cuartos el miércoles (sorteo martes) y los del lunes, a jueves (sorteo miércoles). Las semifinales serán viernes y sábado y la final, el domingo. El primer sorteo no será puro, ya que obligatoriamente se enfrentarán libros de un mismo autor, siempre que en 2022 me haya leído dos o más. 

Lo dicho, una frikada que espero que os divierta. Sólo busco pasar el rato y, de paso, recomendar las novelas que más me gustaron el año pasado. Y de paso, como ya ha empezado 2023, espero vuestras recomendaciones porque la idea es superar la marca de 16 libros. Por cierto, para condicionaros totalmente, voy a publicar aquí la lista con un breve comentario de lo que me pareció cada obra.

1. Línea de fuego (Arturo Pérez-Reverte). Me gustó mucho porque transmite muy bien el ritmo y el agobio de la guerra. Además, se muestra equidistante entre ambos bandos. Sé que esto es precisamente algo que le ha criticado alguna gente por esta obra, pero a mí me pareció algo destacable: en la guerra, en uno y otro lado, hay gente que la disfruta y otra que preferiría no haber existido a estar pegándose tiros con gente a la que ni siquiera conoce. 

2. La bestia (Carmen Mola). Inicié mi experiencia con estos polémicos autores (ya sabéis, lo del seudónimo) con el premio Planeta de 2021 y me parece, sinceramente, la novela más floja de las 4 que he leído hasta final de 2022. Pretende ser un thriller de época con varios giros para un desenlace de película de acción, a mi modo de ver, poco creíble. Un simple pasatiempos.

3. La novia gitana (Carmen Mola). El primero de la serie de Elena Blanco y que ya ha tenido adaptación a una serie de televisión, para lo que estaba claramente preparada la novela. Buena historia, aunque quizás muestra sus cartas demasiado pronto.

4. La red púrpura (Carmen Mola). La continuación necesaria por cómo quedó 'La novia gitana'. Resuelve cosas que deja abiertas en la primera novela aunque a mi entender pasa un poco como en 'La bestia', el desenlace es demasiado de película de acción.

5. Irène (Pierre Lamaitre). Sensacional novela negra. Cuando charlé con el dueño de librería 'Primado' y le dije que me estaba leyendo a Carmen Mola, me lo recomendó. Me dijo: "El final te va a dejar sobrecogido. Te recomiendo que después dejes pasar un tiempo hasta leer la continuación". Efectivamente, el desenlace, por lo que ocurre y por el ritmo que le pone el autor a las últimas 40 páginas pone los pelos de punta. Lo recomiendo a cualquier aficionado a la novela policíaca a quien luego no le afecten ciertas cosas...

6. La Nena (Carmen Mola). La más oscura y escalofriante de las tres novelas sobre Elena Blanco, antes de que haya salido a la venta 'Las Madres'. Muy dura y explícita en algunos momentos y sin duda la más libertad deja a los personajes, quizás porque los básicos están de sobra presentados. 

7. Diez negritos (Agatha Christie). Un clásico que cayó en mis manos gracias a la iniciativa 'Sentim les llibreries', a la cual os animo a participar si la repiten. Luego resulta que ya la tenía en mi biblioteca pero no la había leído. Aunque fue escrita hace 100 años, su autora demuestra por qué se la considera una de las reinas del suspense. 

7. Flores para Ariana (Fernando Pampliega). Novela del periodista que estuvo 299 días secuestrado en Afganistán. No es autobiográfica pero no por ello dejéis de pensar que os va a hacer un nudo en la garganta. Plasma a la perfección el lamentable papel que tienen las mujeres en ciertos regímenes. Lo peor de todo es que lo que cuenta en la novela ha podido perfectamente ser una realidad. Muy buen libro, pero estremecedor. No lo recomiendo en un mal momento anímico.

8. La reina de Ichnusa (Óscar Hernández-Campano). Empieza muy bien y tiene durante todo el libro un trasfondo político y se le puede adivinar una reivindicación de los regionalismos. Conforme se acerca el desenlace se va haciendo previsible y a mi juicio se diluye un poco.

9. Alex (Pierre Lamaitre). Independiente a 'Irène', aunque hay que leer el primero para entender cómo está Camille Verhoeven, el policía protagonista. Más trepidante que el primero, con un par de giros argumentales... novela negra de primerísimo nivel.

10. Purgatorio (Jon Sistiaga). No me voy a tapar, de los mejores del año y posiblemente el que más he disfrutado. No he leído 'Patria', pero muy bueno tiene que ser para superarlo. Bueno si se presta más atención a la historia, pero también si se analizan los diálogos entre el secuestrado y uno de los secuestradores. Como habréis adivinado, el escenario es el conflicto vasco.

11. El día que se perdió la cordura (Javier Castillo). Un libro de verano, un thriller sencillo de leer que tiene el mérito de atraparte. Con capítulos cortos, lenguaje sencillo y el suspense de no saber muy bien lo que está pasando, está bien para pasar el rato.

12. Que se levanten los muertos (Fred Vargas). Me lo recomendaron por ser una novela negra diferente. Es cierto y su gran atractivo son los protagonistas, 'Los tres evangelistas'. Es el primero de una serie. Está bien escrito, pero a mí hubo un momento en el que me aburrió y después el desenlace no me sorprendió demasiado. 

14. El día que se perdió el amor (Javier Castillo). Pretende ser la continuación de la primera pero yo lo calificaría más como una fotocopia. El autor usó la misma estructura para una segunda parte que, es mi opinión, no era necesaria más que para aprovechar la marea del éxito. Es cierto que como la primera te atrapa y, por lo tanto, puede servir para unos días de desconexión.

15. El Paciente (Juan Gómez-Jurado). Para mí es su mejor novela, al menos de las cinco que me he leído (en 2021 cayó la trilogía, que me va a tocar repasar). Te atrapa con el lenguaje sencillo pero también con la facilidad del autor para empatices con los personajes. Plantea un dilema muy humano y un desenlace con giro argumental que puedes llegar adivinar.

16. Cicatriz (Juan Gómez-Jurado). Una historia previa a la trilogía ('Reina roja', 'Loba negra' y 'Rey blanco') que te presenta a un personaje que saldrá más adelante... Me costó engancharme y claro, en mi opinión mejorar a partir del ecuador de la novela. 








viernes, 6 de enero de 2023

He-Man y Skeletor

 

¿Qué os han traído los Reyes? Cuando escribo estas líneas, yo aún no lo sé. He visto que han dejado unos regalos, para mis sobrinas, para Maggie y para mí y que han esparcido restos de zanahoria y galletas por el salón. Se han bebido el vaso leche que les dejamos -uno para cada uno, claro- y los camellos han bebido agua. Imagino que después de esta noche, tanto los magos como los animales, deberán tomarse una caja de Almax y pasar un par de días en ayunas. Si en todas las casas los agasajan así y ellos corresponden devorando los alimentos...

Bueno, a lo que iba. Anteayer, el 4 de enero para el que lea, en medio de un día complejo en el trabajo, me vino de repente Héctor Esteban y me soltó: "Moi, ¿qué pediste a los Reyes y que nunca te trajeron?". Héctor es un tío raro, creo que como todos los periodistas. Es una muy buena persona y un profesional del periodismo capaz de sacar temas del desierto y exprimir cualquier cosa que vea para sacarle una moraleja. Sin ninguna razón, una tarde trae coca de llanda para toda la redacción o roscón para merendar el 5 de enero. Igual bromea que de repente se cabrea y entra en ebullición... pero luego se le pasa y ni rastro. Pero en el momento, es un volcán. Y una de las cosas que le molestan es que no vayas a lo concreto (si está leyendo ya lo tengo mosqueado). Por eso, yo le contesté al primer toque: "Una moto Feber". "¿Tú querías una moto de esas...?". "Sí, sí, de niño, era pequeño...". "Sí, sí, está claro...". Se lo apuntó en un papel y se largó.

Le conté, aunque ya no sé si me escuchó demasiado, que tampoco puedo tener quejas, que en casa siempre habían hecho el esfuerzo para que tuviera algo que hubiera pedido. Mis primeros Reyes los recuerdo viniendo a casa por la tarde. Un vecino disfrazado (ni de Melchor ni de Gaspar porque llevaba una barba postiza negra) entró en el salón y me dio un paquete: era un humilde puzle, de esos que cada pieza era un cubo y que, por tanto, había seis imágenes que completar. Mis padres, en mis primeros años, iban justitos de pasta y aún así en casa nunca me faltó un regalo. Mientras, al niño de tres pisos más arriba, un buen chiquillo pero que tampoco se portaba mejor que yo, le llenaban la habitación de juguetes. Quizás por esta razón, entre otras, mis progenitores optaron por contarme muy pronto la piedra filosofal de la magia de los Reyes Magos.

Recordando en estas horas también me han venido a la mente otros juguetes que nunca tuve: algún balón de tal o cual Mundial, muñecos Gijoe... y a He-man y Skeletor. A mis padres no les hacía demasiada gracia que jugase a la guerra o tuviese muñecos que llamaban "feos", así que a los Reyes Magos, a ellos mismos, les pusieron esa línea roja. Héctor se paseó dos días antes de Reyes por la redacción preguntando porque este viernes 6 publica su columna de opinión semanal. La ha dedicado a los juguetes que nunca tuvimos, en su caso el barco pirata de Famobil o Playmobil. La podéis leer aquí, os la recomiendo.

Como os he dicho líneas arriba, extrae moralejas de todo o casi todo. Y de ese trozo de plástico que nunca le trajeron los Magos de Oriente concluye, precisamente, que no todo se puede tener. Es cierto. Un pensamiento que me hace muy bien cada vez que noto florecer la frustración por algo que no consigo es pensar en los millones de personas que son felices con menos de lo que yo tengo. Y funciona porque si te vas a los extremos y piensas a los niños que están en campos de refugiados y su regalo más deseado en Reyes es recibir un plato de comida, flipas. Yo he sido feliz sin mi moto Feber. He-man y Skeletor sí están en mi estantería de los libros, lógicamente en el lugar donde almaceno los de fantasía épica.  En una comida familiar salió un tema de conversación similar al de esta entrada y la columna de Héctor. En mi siguiente cumpleaños me llegó uno y para Navidad, el otro. Mi madre se metió en internet y los compró de segunda mano. Como no sé a quién le he leído en las últimas horas en una publicación de Instagram, con el paso de los años me he dado cuenta que el mejor regalo de Reyes son los padres.


domingo, 18 de diciembre de 2022

Paso olímpicamente (II): Kempes-Maradona-Messi

El 18 de diciembre de 2022 se ha consumido con la mirada dirigida a Qatar. Se acaba al fin este Mundial de fútbol atípico y extraño. Como era de prever, los ríos de tinta cargando contra la celebración del campeonato en un país donde no se respetan los derechos humanos están ahora secos. Ahora todos hablan de la soberbia final (para que negarlo) y de Messi. De Argentina, ese país que se mueve al ritmo del balón y que en menos de medio siglo ha disfrutado de tres astros a los que ha idolatrado y que les han correspondido con otros tantos Mundiales. Esta semana os voy a contar mi percepción de las tres grandes figuras que han hecho reinar a la Albiceleste.

Kempes (1978). Yo no había nacido pero de Mario Alberto Kempes siempre cuentan la anécdota de que, al día siguiente de conquistar el Mundial, desapareció. Se marchó a pescar y estuvo ilocalizable. Así de simple como es, a decir verdad, el Matador. No soy valencianista, ni mi familia ni yo. En casa he oído hablar de Kempes de pequeño, pero no con la admiración justa y necesaria que le profesa cualquier buen aficionado del club de Mestalla. 
Mi primera noción de lo que representaba Kempes fue cuando le vi hacer magia en su partido de homenaje. Eso fue antes de que empezase a colaborar con el periódico y me mandasen a entrevistarle para no se qué embolado. No he encontrado ese texto, pero sí tengo grabado en la mente de que quedamos en un bar, pro la zona de la Gran Vía de Fernando el Católico. El Matador y yo estuvimos en la barra tomando café y charlando. Como dos amigos, de cosas vanas. Cuando acabamos me desayunar me dijo: "Tendremos que hacer la entrevista, ¿no?". Me atendió con paciencia y amabilidad el tiempo que necesité. Como algunas otras veces más a lo largo de los años. Ahora me siento afortunado de haber disfrutado de la cercanía de un mito que no vive en esa burbuja donde sí están encerrados los futbolistas de estos tiempos. 

Maradona (1986): Me pilló demasiado niño para disfrutar de él en directo. Crecí admirando sus vídeos, primero cuando ocasionalmente los ponían en la tele, más tarde cuando me empezaron a llegar por los diferentes formatos de comunicación que hemos tenido en internet. He sido más consciente de la decadencia del Diego Armando Maradona que de la construcción del mito futbolístico. Lo lamento y mucho porque por un par de años no he podido disfrutarlo.
No tengo por tanto elementos de juicio para posicionarse sobre si es mejor Messi o Maradona. Quizás mejor así. ¿A quién quieres más, a mamá o a papá? Hay preguntas a las que nunca me ha gustado responder. ¿No será mejor haberlos disfrutado a ambos, quienes hayan tenido esa suerte? La lástima es que en Qatar no se haya podido dar la imagen de los tres mitos del fútbol argentino sosteniendo la Copa del Mundo de 2022.

Messi (2022). Cuando empecé a hacer crónicas de fútbol iba en ocasiones a Cracks. Antes de ser contratado por Las Provincias escribí también para Levante-EMV, Superdeporte y una agencia de Barcelona llamada Área 11 que servía crónicas a periódicos regionales. Tocaba cubrir juveniles de División de Honor y Cracks me pillaba cerca de casa. Allí jugó también un tiempo el filial del Levante. ¿Por qué digo esto? Porque entonces ya se hablaba de un chico bajito del Barcelona, argentino, que hacía maravillas con el balón. "Si es que intentas hacerle falta y cuando armas la pierna ya ha pasado", me dijo un día un jugador. Se refería a Messi.
A Messi lo hemos disfrutado todos los aficionados al deporte, incluso los que lo niegan por la camiseta que defendió durante la práctica totalidad de su carrera. Merece retirarse con este Mundial. Yo soy él y no me vuelvo a ceñir la Albiceleste para un partido oficial. No va a tener un mejor último baile. Voy a reconocer un pecado: desde el principio del Mundial iba con Argentina, pero dudé un poco tras el partido contra Holanda (me niego a llamarle Países Bajos). Me parece que los argentinos no estuvieron educados y me supieron especialmente mal las críticas inmerecidas hacia Mateu Lahoz. El árbitro valenciano es una buena persona y me consta que estuvo preocupado durante unos días por la trascendencia que había tenido su actuación y si eso iba a afectar a su familia. Messi sabe de sobra que sí da el nivel y por bastante. En Qatar hemos visto un Messi más canchero, canalla... una pose en la persecución de su último gran sueño. Ahora me alegro de que lo haya hecho realidad, pero entonces me decepcionó porque en la vida no puede valer todo. 

domingo, 11 de diciembre de 2022

Paso olímpicamente (I): La culpa fue de Tite

Necesitamos culpables. Alguien que nos sirva como sparring contra el que descargar nuestras frustraciones. Ya ejecutado, hay quienes siguen cargando contra Luis Enrique porque la selección quedó fuera del Mundial de fútbol antes de lo que pensábamos. Hablábamos de si queríamos en semifinales a Inglaterra o Francia sin haber jugado ni contra Marruecos ni frente a Portugal (o Suiza). Y resulta que ni se ganó a Marruecos ni los lusos, con España fuera, se han metido en semifinales.

Igual lo que pasó es que Marruecos tenía un plan y lo ejecutó. O que, en un mal partido, esa de Sarabia pegó en el poste y se marchó fuera. Y los africanos están en semifinales pero Portugal tuvo varias claras, de esas que no se suelen fallar, pero que esta vez sí se erraron. Cuando salgo a correr, que desde hace ya bastante tiempo lo hago sin música, me da por pensar. A veces cosas trascendentes, otra me viene alguna idea para el trabajo y, en ocasiones, me da por divagar conmigo mismo. 

Y este domingo me he puesto a pensar en el Mundial. Zancada a zancada y bajo la lluvia, me ha venido a la mente un reportaje que ví el sábado por la noche sobre Brasil. Adivinad: "La culpa de la eliminación de la Canarinha es de... ¡Tite!". Sí, del entrenador. El fútbol tiene mucho de ciencia exacta. Si se pierde, dilapiden al entrenador, a no ser que el portero haya errado de manera estrepitosa o el delantero haya fallado un gol cantado, y el autor del fallo no cuenta con el favor de la mayoría. Y por Brasil no tienen demasiado en cuenta el partidazo del portero de Croacia, o la mala fortuna de encajar en el único disparo del rival.

Necesitan descargar la frustración. Como los aficionados españoles tras la derrota ante Marruecos. Ante esas situaciones pocos paran a pensar que sólo una selección volverá feliz. Ni siquiera las cuatro que este fin de semana han sido pasto de la euforia por meterse en semifinales. Sólo una ganará. Y entonces, de nuevo habrá quienes alcen la mirada en busca de un culpable. Pocos introducirán en su análisis la variable de que en el deporte de élite se dan muchos condicionantes, entre ellos la competitividad del rival que busca el mismo objetivo o la fortuna. 

También sucede en la vida. Nos frustramos por lo que no conseguimos, a veces incluso sin pelear por ello. Muchas veces nos quejamos de lo que no tenemos sin agradecer lo bueno que nos ocurre. Por ejemplo, yo he consumido la tarde de domingo jugando al 'Mario kart' con mi hermana, mi madre y mi sobrino Samuel. El chiquillo de seis años ya nos gana, incluso nos lo restriega. En la única carrera en la que todo le ha salido mal se ha llevado un buen mosqueo. Parece que eso de la frustración es algo innato en el ser humano.