miércoles, 2 de noviembre de 2016

Tras el Halloween, toca el Día de Acción de Gracias

Lo reconozco. Escribo este post porque ya me había comprometido a ello. Quería rajar del Halloween en los días previos a que llegase lo que para mí es un despropósito. He fracasado. Los días de trabajo y otras obligaciones han hecho que los fantasmas y las brujas se me hayan aparecido de repente. Esta mañana me desperté con el Facebook disfrazado de niños disfrazados de seres tenebrosos. Eran los hijos y sobrinos de muchos de mis amigos.
No me voy a extender demasiado. No son horas y, total, no creo que vaya a conseguir nada. No tenemos remedio. Desde ‘Bienvenido Mr. Marshall’ hasta la fecha, los yankees han tenido la habilidad de hipnotizarnos con cualquier péndulo que nos pongan delante. Hemos adoptado como nuestra una de las fiestas de los mismos que han sido capaces de mezclar las Fallas con la Semana Santa. Llevamos unos años en los que, sin saber por qué, celebramos Halloween. Nos disfrazamos, salimos de fiesta o quedamos a cenar para conmemorar algo que no sabemos ni qué significa.
He pasado los últimos días reflexionando sobre ello y lo que más me indigna es que el maldito Halloween coincide con el Día de Todos los Santos y en la víspera del Día de los Difuntos. Soy cristiano, pero no católico y nunca he tenido esa costumbre tan católica de ir al cementerio el 1 de noviembre. Sí me acerco de vez en cuando a pensar frente a la lápida de mi abuelo. Y, la verdad, veo más saludable acordarnos de la gente que nos ha cuidado y querido, pero que ya no están, que disfrazarnos de bruja, fantasma o zombie.
Si de lo que se trata es de parecernos cada vez más a los estadounidenses, dentro de nada tenemos una nueva oportunidad. Se acerca el Día de Acción de Gracias. ¡Qué tiemblen los pavos!

sábado, 22 de octubre de 2016

Os guardo lo de los tacones

Cuando las vi aparecer rodeadas por sus familiares, no eran ni las 21 horas. La última vez que agradecí a Alejandra que hubiesen venido, creo que rozábamos la media oche. En todo ese tiempo no percibí una mueca de hastío. No borraron la sonrisa mientras nos acompañaron en la gala de entrega de los premios de Valencianos para el Siglo XXI, concedidos cada año por el periódico Las Provincias. Alejandra Quereda y Elena López merecen este y cualquier galardón. Por la plata olímpica y por su saber estar. Sólo cometieron un error. Esta se la guardo, y se lo dije: los taconazos.
Aquí el que escribe es el modelo español medio, el de la generación que ya buscamos los 40. Quizás un poco por debajo en cuanto a estatura y algo por encima en cuanto a peso. Ya al saludarlas en la entrada noté que algo no iba bien. “¿Qué tal? Gracias por venir. ¡Ya era hora de que nos conociéramos en persona!”, les dije a las dos gimnastas, con las que he hablado varias veces por teléfono durante el último año para hacer algunas piezas en el periódico. Para los protocolarios dos besos, ambas tuvieron que agacharse y de inmediato visualicé este momento, en lo alto del escenario y con todo el auditorio observando la escena.
No tenía más salida que tirar hacia delante. Olvidé el mal trago que era inevitable y me centré en la conversación con las dos chicas. En el rato de espera, un compañero vino con sus dos hijas a que las niñas se hicieran una foto con las gimnastas y que estas les firmasen un autógrafo en la revista que se entregó en la gala. Luego se acercó otro compañero, cuya pequeña también practica rítmica. “Es un sacrificio para vosotras y para las familias, ¿eh?”, comentó. Alejandra y Elena tienen caracteres bien distintos. Alejandra es mucho más dicharachera, Elena más tímida y parca en palabras. Pero ambas atendieron a todo el que se les acercó con una amabilidad exquisita. Me sorprendió el enorme dominio que tienen de la rítmica de la Comunitat y de España. Conocen clubes y entrenadoras de las tres provincias y dominan el calendario de competiciones, desde las nacionales hasta las provinciales. “¡Claro, es nuestro deporte!”, dijeron. Les sorprendió que esto me sorprendiese. Pero claro, cuando hay futbolistas que no saben en qué ciudad están cuando quedan dos horas para disputar un partido…
Llegó el momento. La gala. Antes de que empezase el acto, vi a ambas sumergidas en sus teléfonos móviles. Las únicas entre los galardonados. Los seis periodistas que entregamos premios, achicharraríamos más del 25% de nuestra batería durante la velada. Antes del inicio, Alejandra había colgado una foto del escenario en su cuenta de Twitter. Sonó la música, empezó el evento con el discurso del director del periódico, Julián Quirós…
La gala se fue en un suspiro. Para entonces yo ya pensaba continuamente en los escalones donde no puedes tropezar, en que no se te puede caer el trofeo y en los tacones de Alejandra y Elena. Todo salió más o menos bien excepto, claro está, que las gimnastas tuvieron que agacharse para saludarnos ante la mirada de los asistentes, entre ellos mis compañeros, panda de…, que desde entonces no han dejado de recordarme la instantánea. Un último trago fue el de los discursos. ¡Con lo que me gustaba a mí el Guerrer de Moixent y van y cambian el diseño del trofeo tras el 150 aniversario del diario! Es una estatua más moderna pero pesa lo suyo. Lo comprobé durante el agradecimiento de las dos chicas. ¡Menos mal que fue breve!
A Alejandra la vi después durante el ágape. “Esta de los tacones te la guardo”, le dije. Se rió. Bueno, lo cierto es que no dejó de sonreír. No sé si le dejaron probar un canapé con tanta fotografía, autógrafo y saludos de gente que quería felicitar a las gimnastas por la maravillosa e histórica plata lograda en Río. Elena se tuvo que marchar corriendo, pues tenía un compromiso.
De la gala de este año me quedo con el honor de haber entregado un premio a dos chicas maravillosas y que han hecho un enorme esfuerzo para cuadrar sus agendas y acompañarnos. De que los otros galardonados son en mi opinión más que merecidos: como integrante de la sección de deportes también me enorgullece que se haya reconocido al maratón y ver en el escenario al gran Paco Borao recibiendo la distinción de mi amigo Alberto, y también me encantó el dscurso y el saber estar del militar de la UME. Y sobre todo, quiero reconocer el acierto del compañero, Pedro Toledano, que cerró el acuerdo para que en el ágape se sirviera cerveza Turia.

viernes, 14 de octubre de 2016

Adrián, no vas a morir

Hace unos días, casi me desperté con un vídeo que me hizo sentir un escalofrío. Era uno de esos vídeos que se hacen virales, que tienen miles de visualizaciones y cientos de comentarios. Lo había enlazado alguien que decía: “Por favor, orad por Jonathan”. Aparecía un niño sin pelo, con unos electrodos en el pecho tumbado en una cama. El niño lloraba de forma desconsolada. Suplicaba que acabase aquel tormento. Me sobrecogió ver a ese niño sufrir lo que no debería sufrir ninguna persona, pero mucho menos un niño. “Por favor, orad por Jonathan que está luchando contra el cáncer”.
Como Adrián, a quien esta semana los medios de comunicación hemos bautizado como el ‘niño torero’. Adrián tiene más o menos la edad de Jonathan e imagino que habrá sufrido instantes de sufrimiento como él durante su tratamiento. Adrián cometió el ‘pecado’ de recibir un homenaje durante una corrida de toros. Su penitencia fue que alguien que dice defender la vida de los animales le desease la muerte.
Sentí repugnancia al leer aquel tuit que desde luego no voy a reproducir en mi blog. Quienes me conocen saben que soy antitaurino confeso. Me entristece ver cómo se tortura un animal y se le da una muerte atroz sólo por diversión. Me niego a aceptar la denominación de ‘fiesta nacional’ para la tauromaquia. Deseo que algún día dejen de celebrarse corridas de toros. Pero de ahí a desear la muerte de un niño enfermo, va un mundo. Una persona capaz de escribir eso no nos representa a los que amamos a los animales y defendemos la vida de cualquier ser, incluidos lógicamente los humanos.
Adrián, tú no vas a morir. Espero que tú y Jonathan tengáis pronto algo más en común que haber luchado contra el cáncer: que lo hayáis superado. Adrián, deseo con todas mis fuerzas que superes esa maldita enfermedad y que ames tanto la vida que de mayor no quieras ser torero. Me encantaría que fueras un gran médico que ayude a mucha gente a vencer al cáncer. O un maestro que eduque a futuras generaciones, o un gran empresario que dé trabajo a muchas personas, o lo que tú quieras. Pero si pese a todo decides ser torero lo respetaré y, si coincidimos y se da la situación, estaré encantado de debatir contigo sobre por qué rechazo lo que a ti tanto te apasiona.

jueves, 6 de octubre de 2016

Pokémon Go me ha costado 20 euros

Odio a los odiadores. Bueno, odiar, odiar no, que es una palabra muy fea. Ese sentimiento lo he reservado para un par de indeseables, y con el tiempo he comprendido que tampoco merecen que me envenene. Pero volvamos a los odiadores. No los aguanto. No entiendo el rechazo a las modas. Están los runners y los antirunners. Los futboleros y los antifútbol. Los viciados de las series y los enemigos de la televisión. Proliferan los críticos gastronómicos y hay quienes proclaman que se quedan con el típico bocata de tortilla y que lo demás son pijadas. ¿Para cuándo aprenderemos a respetar la libertad del prójimo? El último fenómeno que ha despertado amores y odios a partes iguales ha sido Pokémon Go.
En cuanto lo lanzaron al mercado, e imagino que como cualquiera, recibí una tormenta de opiniones. Que si es un juego que está muy bien parido... Que si otra tontería más para tenernos pegados a la pantalla... Que si sirve para que chavales que no hacen deporte salgan a pasear... Que si menudo futuro nos espera con la generación que se dedica a cazar a Pikachu… Qué queréis que os diga, a mí me despertó la curiosidad. Espero no decepcionar a nadie -¡qué diantres, me da igual!-, pero descargué la aplicación de Pokémon Go.
Estuve un par de semanas o tres, quizás llegué al mes. Me descubrí recargando municiones cada vez que entraba al periódico (en la puerta hay una estación de esas que ya no recuerdo cómo se llaman) y cazando bichos por medio de la calle. Un búho en un banco, una rata morada encaramada en el lomo de mi perro, un cerdo deforme amenazándome en mi sofá… seres extraños. Cerca de casa me salían siempre los mismos, pero si iba por lugares diferentes, las criaturas eran también distintas. Esto, claro, te engancha. A caminar y a tener Pokémon Go en marcha todo el tiempo porque, además, mientras andas incubas unos huevos de los que también nacen nuevos seres.
Un día, sin embargo, descubrí que me había quedado sin munición para cazar. Habría sido poco a poco, pero sin darme cuenta no había recargado. Pensé un instante y caí en que hacía días que no realizaba esta operación antes de entrar al periódico o en una rotonda de cerca de casa por la que salgo cuando voy a pasear a mi perro. Pokémon Go no me había enganchado, así que decidí eliminarlo. Sin más. Tengo un amigo mayor que yo que sigue (o al menos seguía) jugando. “El otro día unos chavales me dijeron: ‘¡Ese es jodido de coger!’. Cuando se marcharon, mi mujer me dijo: ‘Se estaban riendo de ti’”, me contó hace ya algún tiempo. A él Pokémon Go le ha servido para tener algo más en común con su hijo, para divertirse juntos. ¿Acaso eso está mal?
Mi conclusión es que no quiero perder tiempo con Pokémon Go, pero simplemente porque no me ha gustado. Pero tampoco me atrevo a criticar a nadie por ello cuando yo tengo tres juegos instalados en mi móvil. De hecho, me parece una gran idea.
Por cierto, se me olvidaba. Quien haya llegado hasta aquí se siga preguntando por qué Pokémon Go me ha costado dinero. No he pagado por avanzar más. Es sencillo. Un día, cuando estaba enganchado al juego, iba paseando por la calle. Saqué el móvil del bolsillo para comprobar si había algún bicho que cazar y sin darme cuenta arrastré un billete de 20 euros. Palmé la pasta y tampoco había un nuevo Pokémon para mi colección. Prometo que ese incidente sólo causó algunos exabruptos, no fue el motivo de que borrase la aplicación.